martes, 24 de julio de 2018



No me voy, sólo cambio de aires, me mudo aquí al lado, es un espacio más grande y completamente vacío, como una página en blanco o un lienzo por estrenar. 
Nada crea más ilusión que el comienzo de una historia, lo que luego vaya ocurriendo es cosa de cada cual y dependerá de la suerte, la constancia y por supuesto, la dedicación. 
El corazón lo pongo en todo, lo demás, como siempre, ya se irá viendo…

¿Te vienes?



domingo, 22 de julio de 2018

A veces no llegan cartas (y no porque no estén escritas)



Afortunadamente nuestra historia de amor acabó en tragedia, sólo así pudo pasar a formar parte de los amores eternos. Seamos francos, morirme fue lo mejor que pude hacer para que me llevaras por siempre en algún rincón de tu recuerdo, de cualquier otra manera a estas alturas, muy posiblemente hubiéramos acabado en los tribunales. Pero fíjate, aquella ola gigante, en aquel paraíso azul  que te empeñaste en visitar, tuvo que ser más sabia que nosotros y engullirme sin despedidas para que nuestro amor saliera a flote.

Desde aquí, un limbo añil y absurdo, tengo tu mirada clavada en la memoria, unos ojos que distanciado mucho de ser prefectos, provocaban en mí un cosquilleo interno grato y placentero. Y es que posiblemente el amor –ahora lo veo claro- consista precisamente en querer, incluso necesitar, las imperfecciones del otro, viendo en ellas destellos que los demás son incapaces de percibir. Así tus piernas arqueadas, tu piel de tiza, tus tremendas caderas o tu enredada melena, provocaban en mi ser un torbellino de pasiones y deseos.

Te quise a lo ancho, lo sabes, quiero decir con ello que cabían tus defectos y virtudes en nuestra cama, cobijando las sábanas olores corporales y fluidos que yo, sencillamente, amaba. Como amaba tus quejas, tu desequilibrio, tu humor ácido (casi corrosivo) y la desidia que en ocasiones te acompañaba. Incluso me atrevo a afirmar que amé tu flujo menstrual, tus crujidos de menisco, las salidas de tono, tus vísceras y ese dedo anular con forma abstracta de tu pie derecho.
Aún soy capaz de rememorar cada secuencia de nuestro primer encuentro: El cielo plomizo, aquella ciudad lejana, la lluvia, mi paraguas rojo, y el tremendo resbalón que te condujo hasta mis brazos. Brazos que no dejaron desde ese momento de ansiar rodearte, de ofrecerte cobijo, de esperarte cada atardecer.

Nuestro amor no formó parte de historias rosas; omití en muchas ocasiones palabras dulces, temiendo resultar vulgar, empalagoso o un símil de tus anteriores amantes, y así, tal vez, dejé de culminar momentos deliciosos con frases que hubieras querido escuchar. Pero confío también en que por esas deficiencias –entre otras- me amaras tú a mí. Porque he de decirlo sin engreimiento alguno, que sé sin dudas que me quisiste como a nadie, que no fue tarea fácil que te acostumbraras a mis desperfectos, mis máculas, mis fallas y mis excesos, y lo hiciste sin solicitarme la hoja de reclamaciones –en cuyo pleno derecho estabas- sin sofocos, ni llantinas, sin reproches ni amenazas. Me amaste, lo digo bien alto en este abismo de corales, como se ama sin fisuras, sin encantamiento ni tontura, sin ofuscación ni deslumbramiento.

Me alivia, y puede que sea sólo un parche para el dolor de la desgracia, que te haya podido evitar el contemplar como mi piel se ajaba por el paso de los años, como aumentaba mi abdomen, se plateaban mis sienes o perdía la energía que antaño me caracterizaba, aunque siendo sincero no me hubiese importado compartir contigo la decadencia de nuestra existencia, masajearte los hombros caídos, arrancarte una risa en momento amargo o celebrar nuestras bodas de oro en un pueblo sin mar.

Te agradezco, nunca antes te lo dije abiertamente, que te gustara refugiarte en mi peludo regazo para conciliar el sueño, que perfumaras tu cuello cada anochecer, que fueras cómplice de mis fechorías, que me eligieras para caminar a tu lado a pesar de mis zancadas largas y presurosas, a pesar de mis manos enormes y a pesar de no haber sido capaz de aprender a nadar. Te agradezco, puede que te lo contara en alguna ocasión, que aceptaras mis silencios y los suplieras con tus besos.

Me conmueve que sigas escuchando aquella canción que tantas veces intentamos bailar, que conserves nuestro automóvil (sobre el que sin acritud te digo que podrías ir reemplazando), que mis cenizas reposen en la buhardilla junto a mis trofeos de pesca, y que el paraguas rojo continúe presidiendo el recibidor.

Y por si llegaras a intuir estas palabras que te soplo, si de alguna manera inexplicable arribaran a tus oídos, si fuera capaz de reencarnarme para contarte mis sentimientos, quisiera decirte que nuestra historia de amor, que afortunadamente acabó en tragedia, fue para mí lo más bello que me ofreció la vida, que me sigue costando acostumbrarme a tu ausencia, que echo de menos tus pecas y tus pecados, tu voz aguda, tu tos matutina, tus sonoras carcajadas, tu ira y tu aire, que encuentro a faltar tu pereza y tus axilas, tu lengua, tu faringe y tu útero, que añoro tus estornudos, tus guisos salados y tus lecturas, tus carencias, tus lagunas y tus labios.

Y que aun a riesgo de resultar cursi, afectado, o ridículo, morirme fue lo mejor que pude hacer para que siguiéramos amándonos durante toda una eternidad.

viernes, 20 de julio de 2018

Black & White Bar



Al abrir las puertas de aquel antro, el color desaparecía, y todo, hasta mis labios, se convertían al blanco y negro. Sería el tango de fondo, o los vómitos poéticos que los desalmados vertían sobre la barra, o tal vez la mueca amarga de la vendedora de tabaco y caramelos. El caso es que no hallabas rastro de rojo cadmio, ni azul prusia, ni verde veronés, ni siquiera amarillo nápoles entre aquellas paredes de triste soledad.
Se daban cita nocturna los desahuciados del mal de amores, los descreídos, los poetas farola y algún que otro miserable que había olvidado la letra de sus canciones ambulantes.
Si pedías una copa,  te la servían doble y nadie te miraba a los ojos por miedo a reconocerse en ellos, en ver reflejada la imagen de un desdichado con una cruz pintada en el párpado.
El bar de los forajidos no cerraba por la noche, no temías en él un encuentro casual, ni un bufón en busca de charla, ni a alguno con ganas de escuchar. La clientela, como muerta sin haber llegado a estar viva, se limitaba a mover los pies al ritmo del contrabajo, y a veces a un despistado se le escapaba media vuelta al compás del organillo, levantando a toda prisa el cuello de la camisa y mirando a ambos lados, sin esperar complicidad ni aplauso.
Se reservaba el derecho de admisión, y a más de uno tuvieron que darle un puntapié en el culo por echar una risa o mostrar interés.
Si cruzabas su entrada perdías los tonos adquiridos hasta entonces, y el carné de socio te daba derecho a palidecer pasadas las 23 horas de cada noche, y rodar sobre tus males en el silencio sólo roto por un blues oscuro y melancólico.
Lo malo era que sin color, no encontrabas nunca la puerta de salida. A no ser que alguien, una de aquellas almas náufragas, te diera un beso furtivo...
Y el panorama no estaba para ternuras...

martes, 17 de julio de 2018

Debería estar muy claro




He leído esta tarde una carta de una muchacha en Facebook que escupía auténticas barbaridades sobre el feminismo, con un cacao mental importante sobre las ramificaciones radicales y aportando a su ataque y alegato que tenía padre, abuelos, tíos y demás familia de género masculino a los que adoraba. El peligro de estar tan indocumentada y demostrarlo públicamente, es que en dos minutos se puede desmontar su crítica aunque solo sea con la definición concisa que la RAE nos brinda: Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

Cuando se defiende una causa, cuando una persona participa activamente en una injusticia, no hace falta que lo haga desde el terreno personal, es decir, ha de dejar a un lado la egolatría y llevar su lucha a una parcela general. Si yo tengo la fortuna de disfrutar de un padre que jamás ha tenido un comportamiento machista, no me impide reconocer a muchos otros que sí lo demuestran a diario y con datos espeluznantes en forma de acoso laboral, sexual, violación, maltrato, humillación, esclavitud, ablación, desigualdad, pena de muerte, desprecio y un largo y lamentable etcétera en todos y cada uno de los rincones del mundo, cuyas víctimas tienen un factor en común: Son mujeres.

Si en el lugar desde el que escribo tengo la suerte de poder exponer mis ideas al respecto con total libertad, me veo en la obligación moral solamente con echar una rápida mirada a la actualidad mundial, de colaborar aportando lo que pueda, a que esa libertad llegue a todas las mujeres de la Tierra. Y para ello hay que empezar por pequeños detalles que juntos y creciendo, convierten a la sociedad en machista, desde la publicidad hasta los chistes, desde los piropos hasta el lenguaje, desde los cánones de belleza hasta la verdadera equidad en todos los ámbitos.

El feminismo, ni si quiera el neo feminismo, requiere ni incita a odiar a los hombres ni a considerarlos inferiores, ni prejuzgarlos como violadores en potencia o enemigos atroces de la mujer; pretende justicia para los que sí cometen esos delitos, educación de base para erradicar el machismo, igualdad plena en derechos y por supuesto una lucha activa en aquellos países que más lo requieren.

Adoro a muchos hombres igual que adoro a muchas mujeres, pero si se trata de conseguir un mundo mejor donde niñas de diez años no se vean obligadas a casarse, donde en las guerras no se utilice la violación como arma de destrucción masiva, donde la ablación del clítoris no se lleve a cabo para impedir la satisfacción sexual, donde por ser mujer se te impida tener licencia para conducir, donde el secuestro de menores para esclavitud sexual esté a la orden del día, donde una manada pueda abusar de ti y debas además soportar un veredicto humillante, me declaro FEMINISTA con todas las letras y contraria completamente a todas las personas que no apoyan, entienden, luchan y reivindican, la causa.

“Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra” 
  Simone de Beauvoir

Imagen: Gemma Cantador 2018 

miércoles, 11 de julio de 2018

For Rent




Ya he comparado alguna que otra vez nuestro cerebro con un apartamento: el hall, la cocina, las habitaciones, un balcón... De lo que no he hablado es de ese cuartucho sombrío, que suele quedar subterráneo, con telarañas y moho, ratones y trampas, y que da cobijo a los delitos y las faltas que antaño cometimos. Mal asunto.
No acabo de creerme a esos que dicen no arrepentirse de nada, y no es que no volviera a hacer todo lo que he hecho -no concibo mi presente sin las acciones pasadas, incluso las pecaminosas- pero sería pretencioso no aprovechar la oportunidad de hacerlo de otra manera. De volver atrás un minuto para modificar un gesto.
...Las frases que hubieses querido callar, el adiós en mal momento, el tiro por la culata, husmear en un secreto, una noche pasada de vueltas, los te quiero tardíos, los tempranos,  el no haber comprendido,  aquel tropezón, haberte dado media vuelta, convertirte en juez sin parte, abandonar...
En ese cuarto no queremos entrar, es doloroso y sucio, no lo mostramos a los invitados, lo cerramos bajo llave y nos concentramos en regar las plantas del salón.
Pero ahí está, caminamos sobre sus cimientos, y tal vez sería conveniente echarle una ojeada, ordenar el espacio, liberar los murciélagos y enseñarlo a alguien que nos pueda ayudar a sacar la mierda de los rincones.
Soy partidaria de airear los secretos con un oyente en particular, de evitar las úlceras y los remordimientos, de vomitar las sobras pesadas, y de tener las alcobas presentables, por si una mañana, a saber cuándo,  se presenta un viajante en busca de un cuartucho en alquiler.

miércoles, 27 de junio de 2018

Rescatando (libre interpretación)




Circulaba por el camino ese de los duendes de regreso a casa, llorando a moco tendido por nada en concreto (porque los que andamos de puntillas a veces tenemos momentos tan sensibles que una palabra se nos clava en el iris y no hay manera de ver nada que no sea un lagrimal obstruido) cuando me pareció intuir en el cruce de la rotonda alguien sosteniendo un cartel en el que se leía: "Hacia donde tú vas"
Es bastante usual encontrar autoestopistas por estos lares, pero nunca a estas horas de la madrugada y con destinos tan atrayentes. Así que me paré a sus pies y le abrí la puerta para que se adentrara conmigo en la carretera de los secretos. Me fijé en sus botas rojas, iguales a las que yo tuve hace muchos años. Se sentó la joven con su bolso cruzado y las mejillas empapadas de lágrimas, encendí un cigarrillo y le pasé uno, llevaba el pelo atado con un pincel y un anillo de un ojo avizor en su dedo anular. La miraba de reojo y ella hacía lo mismo, comiéndose las uñas y buscando la estrella más brillante.
-          ¿Hacia dónde vas? Le pregunté
-          No lo sé...
-          Yo tampoco.
-          Es que tengo mucho miedo.
-          Yo también.

Se parecía tanto a mí hace quince años que no me atreví a preguntarle su nombre. Abrió una pequeña caja de latón con un gato dibujado y se tomó una pastilla rosa, sacó un diario y escribió: Domingo 22 de enero del 2006, 1:35 de la madrugada, voy en el coche de una mujer que se parece mucho a mí dentro de quince años, no sé su nombre, está llorando.

Me paré en la estación y le pedí que cogiera el siguiente tren.
-          ¿Qué es lo que me espera? Me preguntó angustiada.
-          A mí tampoco me respondieron entonces, pero intenta echar de tu vida a los que te duelan.

Dejé el coche en doble fila y se me ocurrió probar una cosa. Esperé en la rotonda con un cartel que decía: "Hacia el norte"
Se paró una mujer que tendría quince años más que yo, secaba sus lágrimas con una bufanda lila, abrió la puerta y me dijo:

-          ¿Dónde queda el sur?
-          No lo sé.
-          Yo tampoco.
-          Pero sé que tengo miedo.
-          Yo también.

miércoles, 30 de mayo de 2018

El peso en gramos de una continuidad de letras




En 1954, un equipo de investigadores del M.I.T. (Massachusetts Institute of Technology) llevaron a cabo un estudio sobre la densidad de las palabras. Hasta entonces mucho se había escrito sobre el tema, sin más base que la emocional y sin demostración alguna de que el peso de una palabra pudiera modificar el organismo humano. Partiendo de cimientos meramente literarios y tomando como ejemplo alguna de las muchas paremias que aludían a lo que un vocablo pronunciado influye en nuestro estado de ánimo, quisieron ir más allá y demostrar, según sus teorías, que un término lanzado oralmente a los oídos de un interlocutor, puede tener tanto gramaje como cualquier otra materia arrojada. En un primer momento creyeron necesario que el ensayo se diera entre personas con arraigados lazos sentimentales, pero tras una anécdota casual que vivió en primera persona el tutor del experimento, ampliaron las comprobaciones a individuos que ni tan siquiera se conocieran. El sucedido se dio cuando M. Kenyon, exponiendo su proyecto ante el tribunal de investigación, fue acusado por parte de un miembro del mismo (al que no unía relación alguna) de “memo integral”. Fue tal el aumento del tamaño de su yugular, que el insulto no creó más que la prueba irrefutable que dio carta blanca a la pesquisa.

El ejercicio era aparentemente simple. Se trataba de conectar un equipo de encefalografía a cada uno de los participantes,  explorando neurofisiológicamente su actividad bioeléctrica ante los estímulos exclusivamente auditivos, mientras antes y después de cada palabra escuchada, se pesaba y medía el cuerpo del oyente para comprobar su aumento o disminución. Dos personas en una sala diáfana sin distracciones visuales ni auditivas, se sentaban frontalmente, y debían, sencillamente, dialogar.

Los resultados fueron sorprendentes y se pudo confirmar que así como una mala palabra, emitida con desprecio y recibida como tal, ejercía una fuerza en la boca del estómago similar a la caída de una bola de fécula de 200 gr., la proyección de una expresión cálida, que denotara afecto o amor, relajaba la totalidad de la musculatura, ampliando el volumen –que no el peso- en un 0,8 %

Tales conclusiones y el estudio en sí, ni vieron la luz editorial ni causaron interés alguno en el campo de la medicina, pero tanto M. Kenyon como el resto de componentes del análisis, dedicaron el resto de su carrera profesional y vida personal, a pronunciar mucho más a menudo términos risueños, atentos y complacientes hacia sus allegados, y a evitar en la medida de lo posible los groseros, rudos y denigrantes, que reservaron para tesituras extremas y por supuesto para miembros del tribunal de investigación del M.I.T.

Ahí lo dejo. Ustedes sabrán. Pero yo, del Massachusetts Institute of Technology, me fío.
Les quiero.

viernes, 25 de mayo de 2018

Gustavo Adolfo y la contradicción



Estaba esta mañana intentando entender las razones que llevan al poliamor, y preguntándome si una vez la persona se enamora, es capaz de seguir poniéndolo en práctica sin sufrimiento alguno. Podría haberlo debatido con mi hija, pero sé que su respuesta sería “es lo natural” y no iba a entrar en prolongaciones. Así que he pensado en invocar a uno de esos personajes históricos que de cuando en vez me visitan fantasmagóricamente, y me he citado con Gustavo Adolfo Bécquer en la sección de quesos del Carrefour. Cuando he llegado, allí estaba él, puntual como buen caballero, ojeando un pedazo de emmental e intentando convertir su coste en euros a reales.

-          Don Gustavo, bienvenido ¿necesita algún centavo?
-          Bienhallada, Doña Gemma, traigo un hambre de punzada
-          Lo que más guste disponga y que el ánimo componga
-          Mientras devoro un quesito y si dispuesta se encuentra, relate su requisito
-          Necesito una opinión sobre el amor en cuestión; si se puede amar en grupo o el corazón tiene un cupo
-          En los tiempos de Acteón era la mejor opción, fornicar todos con todos en perfecta conflación
-          No interpelo a lo sexual, sólo lo sentimental
-          Yo, que amé en lo indecible, puedo jurar que es horrible
-          ¿El amar o amancebar?
-          ¡Pardiez, nunca se reprima, el que ama igual arrima! Mas no entra en mi sesera amar más que a una soltera
-          ¿Soltera tiene que ser?
-          No me rimaba con nada y tengo la mente ahumada; pudiera ser bien casada,  apiolada, fondeada o divorciada. Pero solo una a la vez.
-          Entonces del poliamor no es usía consumidor…
-          De capacidad carece el humano para ello, no existe esa facultad, se lo juro y se lo sello  
-          ¿Quiere decir que la moda no refiere al corazón, sino más bien al gañón?
-          No sé lo que significa pero intuyo la intención, y ha dado usted en el clavo en mitad del armazón
-          No es moral mi incertidumbre, se trata de la costumbre.
-          Suele resultar extraño lo que no se hacía antaño.
-          Tal vez con esto demuestro que amar a diestro y siniestro, aunque cueste de entender, no nos debe sorprender
-          Son los tiempos, las costumbres, las usanzas, las varianzas…
-          Y dígame, don Gustavo ¿volvieron las golondrinas sus nidos a de colgar?
-          Por fortuna no volvieron, hastiado ya me creyeron, me fijé en otra matrona más guasona y cincuentona.
-          Es caprichoso el amor…
-          Es fluctuoso, lodoso, cenagoso y horroroso
-          Pues vaya sentencia alberga después de tanta monserga
-          ¿Tiene centavos aún?... Para una lata de atún…
-          Si gusta desayunamos, y una amistad entablamos  
-          Que me embalo, no me  tiente o le querré hincar el diente
-          A ver si del poliamor, fue usted primer probador
-          No lo descarte, monada, y no se sienta agobiada, disfrute de lo que advenga y agradezca lo que obtenga
-           Le deseo feliz viaje y que goce del paisaje
-          Me llevo un queso manchego como recuerdo del ruego. Que tenga usted buena suerte y que del sueño despierte.  

domingo, 20 de mayo de 2018

El secreto mejor guardado (yo lo desvelo)



Imaginen un escenario oscuro, el reflejo de una mesa redonda de mármol y un silencio absoluto. Imaginen que un foco  ilumina el centro y aparezco yo, sentada  de espaldas, con un bombín y un cigarrillo sostenido por una larga boquilla.
Escuchen esa canción de Liza Minelli: “Maybe this time”, y permanezcan en silencio, con sus pajaritas anudadas y sus zapatos de tacón, pueden chasquear los dedos, pero estén atentos que les voy a contar algo en la penumbra.
Porque puede que esta vez, por una vez, a pesar de mi serio semblante y mi traje negro, les ofrezca un número con mi bastón -ese que saca chisteras del viejo conejo-  y alce las piernas alternativamente hasta el techo, y me suba a la silla para susurrarles que la vida... es un cabaret.
Caras pintadas de blanco, medias de rejilla, actuaciones tristes y carcajadas, la banda que toca los platillos y el saxofón, mafiosos, borrachos, locas, y la vendedora de tabaco y caramelos enseñando una nalga y guiñándoles el ojo.
Imaginen que saco un As de mi escote y les leo su futuro en la palma de la mano, deseando que nuestras líneas se sigan cruzando; imaginen que de mi garganta sale un grito desgarrador y rompo sus copas de champagne, y que con el líquido derramado tocan su frente y piden un deseo. Que encuentran en la mirada de enfrente algo de complicidad, que se sienten libres y no creen nada de lo que les han contado hasta entonces.
El contrabajo a solas les marca la pauta, y les pido que se acerquen a mí,  me subo el sombrero con la punta del bastón y pico rítmicamente con el charol de mi zapato en el parqué, me rodean con glamour, les brilla la gomina y relucen sus diamantes, hermosos bigotes y labios carmesí, y esperan ansiosos una respuesta, para ser felices, para encontrar un sentido, para averiguar cuál es la palabra mágica… así que me visto unos guantes blancos, lanzo una nube de purpurina sobre sus cabezas y tras un redoble de tambor les revelo:

“SEN-SI-BI-LI-DAD”

viernes, 18 de mayo de 2018

el cuponazo perfecto




Era aquella chica de la esquina, la que vendía cupones detrás de sus lentes negras. No sé que tenía su perfume, joder, que me trastocó.
Yo pasaba por allí a eso de las nueve, con el carro de las cartas y mi rostro de besugo, de besugo sí, hasta mi madre me lo decía de niño –eres más feo que Picio, hijo mío- y sabiendo que nunca iba a recibir misivas de amor, me hice cartero.
Podría haber sido locutor de radio, mi voz las encandilaba, cualquiera me hubiera dicho te quiero por teléfono si no imaginaran mi cara, esa cara extraña, abstracta y jodida.
Cuando entregaba un certificado no podían mirarme a los ojos, los buenos días apuntaban siempre a mis pies, no exagero, soy distinto.
La chica de la esquina me guardaba siempre el mismo boleto, acabado en 113 y a saber qué se untaba en las huellas digitales, que me dejaba el aroma pegado en el número de serie, y a veces hasta me preguntaba si sería capaz de desprenderme de él en el caso de ser premiado.
Mi ilusión matutina no era que me tocaran veinte kilos, era que me tocaran sus manos.

-          ¡Buenos días, me da por favor el...
-          ¡El 113, claro, hoy le va a tocar, ya verá!

Ya podía acercarme en volandas, arrastrando el carro con tan sólo una rueda, por la espalda, de frente, que en dos segundos, sin abrir la boca, sacaba el 113 de debajo de la caja de monedas. Sería por ese sexto sentido que atribuyen a los que carecen de uno, pero me olía a mil metros. Guapa y lista, joder, tenía que invitarla a comer.
Me armé de valor y me pasé la noche anterior hilvanando frases, buscando temas, caminando con los ojos cerrados por el salón, soñando con dormir con ella, sin miedo a que midiera mi mandíbula, escrutara mis fosas nasales y palpara mis pómulos.
Repartí las cartas con prisa esa mañana, a las dos la pasaba a recoger, había contestado con un sí certero y firme a la propuesta. ¡Joder, qué nervios!
En la esquina estaba, junto a su puesto ya cerrado, sentada en el banco y con un vestido azul. Se sacó las gafas y me dijo:

-          Parece que se ha nublado; te sienta bien a la cara el burdeos. ¿Vamos?

Y me sonrió, mientras yo me quedaba sin habla, mientras ella se agarraba a mi brazo para disimular su cojera. Mientras me sentí el tipo más afortunado.  



miércoles, 16 de mayo de 2018

Otra relación kaput




Hace unos días leí que un usuario de un gimnasio de –creo- alguna ciudad de Estados Unidos, quiso cancelar su suscripción, y al requerirle la administración una carta para llevarlo a cabo, el tipo les mandó una misiva semejante a la que  enviaría un novio que desea poner fin a su relación. La historia me recordó que semanas atrás, en una trifulca con el banco donde tengo una cuenta corriente (penosamente corriente) por las elevadas comisiones que me cargaron con el detalle “mantenimiento” solicité la cancelación de la misma y así como al cachas del gym, me instaron a escribirles un mail para cumplir mi deseo.

Redactar no es problema para mí, ser sarcástica tampoco, y el ponerme borde, lo bordo. Así que atendiendo a su petición, les envié lo que sigue:

“Querida familia del Banc de Sabadell,

He decidido finalizar  nuestra relación, por los desafortunados motivos que a continuación detallo,
Tras largos años de entendimiento y fidelidad (apenas he flirteado como autorizada en alguna entidad más) y a pesar de que mi capital no ha llegado jamás a ser digno de su admiración, he permanecido con compostura en el límite de los números rojos, sin llegar a traspasarlos; con total dignidad les he otorgado mis nóminas e ingresos extraordinarios (los menos, confieso) mes a mes y con la mínima retención fiscal para el deleite común. Renuncié en su día a recibir correspondencia en papel, ora por la ecología, ora por no llenarme el buzón de sustos; evito en la medida de lo posible el face to face, ora por la lentitud de sus empleados, ora por la ineptitud de los mismos a la hora de despejar dudas. Utilicé cajeros automáticos con la tarjeta de débito (la de crédito les recuerdo que me la denegaron de malos modos, aunque no por ello les guardo rencor alguno) para agilizar trámites y permitir que las señoritas y señoritos de ventanilla, pudieran seguir platicando amenamente de la longitud de sus uñas.
He soportado estoicamente la negativa a retirar en efectivo 10 míseros euros, porque el mínimo permitido es de 20 (si se tienen) e incluso pasé por alto un cargo de 85 napos de una empresa informática con sede en Singapur, con la cual no tuve contacto alguno, y que se negaron a devolver si no se la chupaba al director (no fue exactamente así, pero hubiese sido mucho más fácil que lo que me solicitaban).

Pero llegados a este punto, en el que me clavan 134 euros por movimientos (a mí, que no me levanto del sofá) y mantenimiento de la cuenta (como si me pasaran la bayeta por las transacciones cada mañana) he decidido que le van a seguir robando a su santísima madre y las black de los puticlubs (que también las tienen) se las van a pagar con fondos europeos.

He procedido a meter la tarjeta en el congelador, para olvidarles lo antes posible y como bien es sabido que un clavo saca otro clavo, he abierto una cuenta en el cajón de mi mesita de noche, donde si alguien mete la mano, será sangre de mi sangre. Bueno, casi.”

miércoles, 9 de mayo de 2018

Un pesimismo muy optimista



Hasta ahora y sobre todo en los últimos años, nos habían hecho creer que una actitud positiva ante cualquier situación venidera, ayudaba a que todo saliera bien. Incluso más que bien. El positivismo en la actitud era capaz de curarte hasta habiendo salido sin cabeza de la matanza de Texas. Si tú estabas convencido de que iba a suceder y ese convencimiento estaba acompañado por una amplia sonrisa y un halo de entusiasmo y firme creencia, tus probabilidades de conseguir un trabajo, una pareja, una bonoloto o una sanación, se multiplicaban por Pi. El optimismo era un don preciado que podías procurarte con cientos de ejercicios como el de sujetar un lápiz entre las muelas, simulando de esa manera una mueca feliz en los músculos faciales, engañando así  al cerebro para que –y aun estando en el entierro de tu abuela- la serotonina se elevara a niveles envidiables.

Pues bien, no era tal que así. Ni el ibuprofeno es la panacea, ni el pescado tan sano, ni los huevos tan perjudiciales, ni la carne de cerdo un arsénico seguro. El pesimismo es fenomenal. Que sí. Que ahora ser un pesimista defensivo es cojonudo. Aumenta tu autoestima, no te sume en el fracaso (porque lo esperas), te ofrece una más amplia visión de las posibilidades y para un director de recursos humanos, eres un valor en alza. Frunce el ceño, muérdete el labio, contempla de antemano todas las catástrofes que se puedan dar y tu futuro está asegurado.

Claro que toda sentencia baila en la contradicción porque, a ver, imaginemos que te conviertes (tras leer esta entrada) en un tipo agorero y desesperanzado, y que gracias a los consejos de la sicología más actual, paseas por la vida esperando que una viga te abra el cráneo, que tu mejor amigo se lie con tu pareja, que la espinilla de la barbilla sea un melanoma y que con los manuscritos (que dado tu pesimismo no piensas publicar) hacen una hoguera ¿de qué te sirve que suceda todo lo contrario? Si la alegría te va a durar lo que a mí un bote de dulce de leche, si a la que  te editen el libro, se declare tu amor platónico, te toque la primitiva o el grano estalle, van a volver a acudir a tu mente atrofiada miles de escenas trágicas y oscuras…

No me convence. Entiendo que contemplar varias hipótesis de una misma escena, puede evitarte desencantos depresivos, pero de ahí a subirte a una barca del Retiro y visualizar el final del Titanic, no puede ser bueno para la salud.

Claro que el mercurio en el pescado… Ay, no sé, me temo lo peor…

sábado, 5 de mayo de 2018

La quinta quietud



Si algo tiene de bueno una sala de espera de un médico lento, es que te da tiempo hasta de leer "Guerra y paz" del revés, y si no siempre puedes echar mano de esas extrañas revistas que te evitan una conversación con el paciente de al lado o mirar al  limbo con cara de Despertares.  Así que hoy, por ese método y en esa mismita situación, ha caído en mis manos una entrevista al escritor Johnathan Franzen, un tipo de esos al que todo proyecto de writer quisiera parecerse, en particular por haber vendido casi tres millones de libros y en segundos términos por una serie de situaciones que rodean su vida y que paso a desarrollar con toda la envidia del mundo.

Lo primero que me ha llamado la atención –positivamente- ha sido el título del reportaje: “El escritor que miraba los pájaros” sobre un fondo de una panorámica de Manhattan desde el ventanal de Fronzen. Su aspecto es el de un hombre sereno, atractivamente canoso, con gafas de montura de pasta negra, camisa azul y vaqueros. Y su apartamento lo pueden imaginar o de lo contrario ya se lo describo yo, que para eso estoy: diáfano, de suelos de parqué oscuro, paredes vainilla, muebles coloniales, cocina blanca de estilismo sueco y ese aire intelectual e intimista que podemos, por ejemplo, encontrar en los ambientes de Allen (Woody).

Las vistas, como no podía ser de otra manera, al Central Park, y de ahí que Fronzen pueda –según su confesión- observar las aves durante doce horas seguidas, sumiéndose en un estado absoluto de felicidad. Le entiendo. Para que las ideas lleguen a uno, la mente ha de estar dispuesta para ello, debe encontrar un espacio blanco y vacío para llenarlo de percepciones, reflexiones y planteamientos. Como si se tratara de calentar los músculos antes de un encuentro deportivo, de los preliminares en una noche de amor, de abonar para sembrar.

Yo, que soy de hallarle  el lado positivo a lo más oscuro, he salido contenta de la consulta, no por los motivos que me llevaban a ella, que siguen en el mismo punto muerto de siempre, sino porque he tenido el tiempo suficiente para entender que pasarse horas y horas contemplando las viñas, debe significar algo parecido a lo que Fronzen sentencia así:

“Verás más estando sentado en un sitio, que corriendo detrás de algo”

miércoles, 25 de abril de 2018

El soponcio del psicoanálisis (y los amoríos)




Desde que me especialicé en la terapia de pareja,  allá por el 72, por mi consulta habrán pasado cientos y cientos de clientes,  habitualmente para encontrar una solución a su quebrada relación, aunque la pasta de hojaldre –y esto que quede entre ustedes y yo- jamás vuelve a su textura inicial una vez humedecida. Pero para enriquecer mis conocimientos sobre la estupidez humana, y elaborar esos manuales de auto ayuda que me permiten vivir a todo tren, necesito pasar cinco horas al día dando consejos absurdos, observando matrimonios que se aborrecen y lo que es peor, poniendo cara de póquer cuando creen haber dado con la solución.

Los primeros tres meses de enamoramiento, son insoportables para todo aquel que rodea al enamorado, las memeces que puede llegar a detallarte sobre su amado una y otra vez, te pueden fácilmente conducir a la ruptura de una amistad en el mejor de los casos, y al asesinato premeditado en el peor.

Norman Ch. pasó en ciento cuatro ocasiones por mi diván, una vez por semana, lo cuál nos da un resultado –habida cuenta de que para mi desgracia no faltó ni un solo martes- de dos años exactos.
Acudió por un atontamiento que le impedía rendir en su trabajo, le causaba insomnio y le cerraba la boca del estómago. En un primer momento lo achacó a una crisis de fe, tras una excursión a Lourdes con la comunidad de  vecinos, pero a base de encontrarse en el ascensor con la morena del quinto, relacionó hábilmente sus males con la absoluta pérdida de dignidad. Es decir, N. Chaufman se había enamorado.

Durante ese primer semestre tuve que soportar -con la estoicidad que me caracteriza, los bostezos disimulados y la modorra que su tono de voz me proporcionaba- las mayores sandeces salidas de la boca de un homo erectus: Que si su pelo era como la crin de un pura sangre, que si su risa como una ristra de perlas, que si sus tobillos, su cuello, su oreja, su espalda, sus ojos. A veces me parecía estar escuchando a un forense más que a un paciente obnubilado.

En el séptimo mes en cambio, instalado ya en el 5º 2ª (instigado en gran parte por mí y mis prisas porque fuera feliz y me dejara en paz) la perorata cambió de tono y lo que antaño eran virtudes, se fueron transformando en defectos. Y también su relato me sumía en la más profunda de las ensoñaciones: Que si ese geniecillo incontrolable, que si las ventanas abiertas, que si su madre, que si esos días tontos, que si los pedos, que si el corte de pelo...

Paciente tras paciente me relataban su estado amatorio como si hubieran descubierto el epicentro de la Tierra, sin imaginar ni por un segundo, que el recorrido de una pareja siempre empieza en la A y termina en la Z, pasando por las cuatro estaciones, y con algunas connotaciones dependientes de la tolerancia, la obstinación o el aguante de cada cual.

Transcurrido un año, en el cual tuve que empezar yo mismo una terapia cognitiva para soportar el tedio y la absoluta ausencia de elementos sorpresivos, N. Ch. odiaba con todas sus fuerzas a la morena del 5º, que no había hecho nada más que mostrarse tal y como era, y lo que en realidad había cambiado fue el cristal con el que él la miraba. La negación de un nuevo fracaso, el no aceptar la naturaleza de los hechos, y las pocas luces de mi paciente, le condujeron a un estado depresivo-abominable que hicieron que me quedara frito sobre el escritorio: Que si es una víbora, que si una insatisfecha, respondona, avariciosa, compradora compulsiva, que si no se depila, aburrida, histérica, furcia, dejada...

Aún así Norman sollozaba sobre mi hombro, viéndose incapaz de abandonar a semejante monstruo.
En los últimos seis meses de relación con mi paciente, sucumbí a la tentativa de recetarle Orfidal equino en varias ocasiones, a clavarle el abrecartas cuando se agarraba a mi pantorrilla implorando una solución, y a aplicarle electrodos en los genitales para provocar una reacción digna, que al menos le permitiera andar erguido y mantener el lagrimal árido unos minutos.

Sólo era cuestión de esperar. Y así sucedió que la morena del 5º se largó con el del ático y Norman Chaufman encontró consuelo en mi portera, a lo que antes de que me confesara que la encontraba linda, diferente, brillante, adorable y definitiva, le dije que me tomaba unas largas vacaciones para llevar a cabo un estudio al que él había aportado los datos más relevantes.
Soy incapaz de encontrarle el encanto a la estupidez humana, aunque como dijo Hidalgo, es mucho mejor ser un idiota enamorado que un idiota a secas.

Ténganlo en cuenta. 

martes, 24 de octubre de 2017

De apariciones suicidas




Cuando se me apareció en sueños A. M. T., sosteniendo media tableta de chocolate negro y con una sonrisa amplia, le pregunté por qué lo hizo. Por qué se lanzó aquella tarde desde el último piso de los grandes almacenes. Su respuesta fue breve y concisa:

-          Por joder.

Se sentó en el borde de mi cama y mientras saboreaba el dulce, me contaba:

-          Fue una estupidez, otra más. De haber sabido que iba a ser capaz de hacerlo, hubiera cogido las maletas y volado hacia algún lugar lejano. Pero nunca podría haberme ido sin mí, y ahí, solamente ahí, radicaba mi mal. Fui valiente al saltar, en la caída imaginaba la cara de muchos y por primera vez en mi vida perdí el miedo a todo. ¿Si volvería a hacerlo? Sí, siempre y cuando las circunstancias que me empujaron fuesen las mismas. No soy quién para aconsejar, sólo un pobre espectro perdido en el limbo, pero me atrevería a asegurar que hay otras maneras de solucionar la convivencia con uno mismo, menos drásticas, y desde luego, menos definitivas. No fui generoso conmigo, ni tolerante, ni comprensivo, no me escuché, ni siquiera me quise, me perdí el respeto, me insulté y me castigué a no encontrar una puerta de salida, un tragaluz directo a la felicidad. Es más, no lo busqué. ¿Volvería atrás? ¿Querría retroceder al momento en que trepé la barandilla de acero y me lancé al vacío? Con lo que ahora sé, sí. Pero he tenido que pasar por ello para entenderlo. Por lo tanto es absurdo verse allí de nuevo, con toda la ignorancia que arrastraba, sin saber que uno en realidad son dos, que mi mitad debía tratar de complementar y equilibrar a mi otra mitad. Sin conocer que muchos ya estamos muertos antes de fallecer.

Me desperté de un salto, buscando una bocanada de aire y algo de luz. Tenía la sensación de haber encontrado la punta de un hilo del que tirar.


domingo, 15 de octubre de 2017

Cuando tiene que ser, es.




Mi vida ha funcionado en cuestión de decisiones, a base de clics. He podido pasarme noches enteras intentando diseccionar una situación que necesitaba de una pronta solución, sin ser capaz de llegar a una determinación tajante y final, hasta que a menudo por un detalle ajeno, lejano y aparentemente insignificante, ha sonado ese clic en mi cerebro como si se tratara de un chispazo neuronal que activa mi voluntad, mi firmeza y mi ejecutable sentencia. 

Se trataba esta vez, en la que la parte emocional la tengo más que resuelta, en encontrar un sentido práctico y productivo a mi existencia, mucho más allá de dibujar una viñeta casi a diario para que la observen un centenar de miradas y solo tres o cuatro viertan su opinión. Necesitaba -en este momento- hallar un kilómetro cero en un punto exacto para empezar a dar ese primer paso que me condujera directa a la satisfacción, a la ambición personal, a un sueño que no acababa de estar integrado en mi boceto…

…Reubicaba hace unos días decenas de libros por la casa, los más interesantes los colocaba en los peldaños de la  escalera de caracol, y en uno de los registros apareció una biografía de Tamara de Lempicka, a la que he admirado desde muy joven por su vida y milagros. Dejé el tomo a mano para releerlo y durante muchas horas en las que intercalé quehaceres varios, observé la portada como intuyendo que su lectura me iba a cambiar el destino. Así que tal y como debía estar escrito en algún contrato firmado más allá del infinito, esta mañana, entre el café y las nubes plomizas, me he adentrado en el mundo de esa polaca excéntrica, liberal, snob, insolente e ingeniosa, de la que tanto aprendí y a la que siempre me quise parecer sin poner mucho empeño en la labor.

Pero al terminar sus hazañas y cerrar el libro sobre mi pecho mientras formaba aros con el humo del cigarrillo, el famoso clic ha descargado su electricidad en todas mis funciones cognitivas y Tamara ha aparecido a los pies del sofá, me ha pedido una calada, se ha acercado a mi oído y me ha musitado:

-          Ha llegado el momento.