miércoles, 30 de mayo de 2018

El peso en gramos de una continuidad de letras




En 1954, un equipo de investigadores del M.I.T. (Massachusetts Institute of Technology) llevaron a cabo un estudio sobre la densidad de las palabras. Hasta entonces mucho se había escrito sobre el tema, sin más base que la emocional y sin demostración alguna de que el peso de una palabra pudiera modificar el organismo humano. Partiendo de cimientos meramente literarios y tomando como ejemplo alguna de las muchas paremias que aludían a lo que un vocablo pronunciado influye en nuestro estado de ánimo, quisieron ir más allá y demostrar, según sus teorías, que un término lanzado oralmente a los oídos de un interlocutor, puede tener tanto gramaje como cualquier otra materia arrojada. En un primer momento creyeron necesario que el ensayo se diera entre personas con arraigados lazos sentimentales, pero tras una anécdota casual que vivió en primera persona el tutor del experimento, ampliaron las comprobaciones a individuos que ni tan siquiera se conocieran. El sucedido se dio cuando M. Kenyon, exponiendo su proyecto ante el tribunal de investigación, fue acusado por parte de un miembro del mismo (al que no unía relación alguna) de “memo integral”. Fue tal el aumento del tamaño de su yugular, que el insulto no creó más que la prueba irrefutable que dio carta blanca a la pesquisa.

El ejercicio era aparentemente simple. Se trataba de conectar un equipo de encefalografía a cada uno de los participantes,  explorando neurofisiológicamente su actividad bioeléctrica ante los estímulos exclusivamente auditivos, mientras antes y después de cada palabra escuchada, se pesaba y medía el cuerpo del oyente para comprobar su aumento o disminución. Dos personas en una sala diáfana sin distracciones visuales ni auditivas, se sentaban frontalmente, y debían, sencillamente, dialogar.

Los resultados fueron sorprendentes y se pudo confirmar que así como una mala palabra, emitida con desprecio y recibida como tal, ejercía una fuerza en la boca del estómago similar a la caída de una bola de fécula de 200 gr., la proyección de una expresión cálida, que denotara afecto o amor, relajaba la totalidad de la musculatura, ampliando el volumen –que no el peso- en un 0,8 %

Tales conclusiones y el estudio en sí, ni vieron la luz editorial ni causaron interés alguno en el campo de la medicina, pero tanto M. Kenyon como el resto de componentes del análisis, dedicaron el resto de su carrera profesional y vida personal, a pronunciar mucho más a menudo términos risueños, atentos y complacientes hacia sus allegados, y a evitar en la medida de lo posible los groseros, rudos y denigrantes, que reservaron para tesituras extremas y por supuesto para miembros del tribunal de investigación del M.I.T.

Ahí lo dejo. Ustedes sabrán. Pero yo, del Massachusetts Institute of Technology, me fío.
Les quiero.

viernes, 25 de mayo de 2018

Gustavo Adolfo y la contradicción



Estaba esta mañana intentando entender las razones que llevan al poliamor, y preguntándome si una vez la persona se enamora, es capaz de seguir poniéndolo en práctica sin sufrimiento alguno. Podría haberlo debatido con mi hija, pero sé que su respuesta sería “es lo natural” y no iba a entrar en prolongaciones. Así que he pensado en invocar a uno de esos personajes históricos que de cuando en vez me visitan fantasmagóricamente, y me he citado con Gustavo Adolfo Bécquer en la sección de quesos del Carrefour. Cuando he llegado, allí estaba él, puntual como buen caballero, ojeando un pedazo de emmental e intentando convertir su coste en euros a reales.

-          Don Gustavo, bienvenido ¿necesita algún centavo?
-          Bienhallada, Doña Gemma, traigo un hambre de punzada
-          Lo que más guste disponga y que el ánimo componga
-          Mientras devoro un quesito y si dispuesta se encuentra, relate su requisito
-          Necesito una opinión sobre el amor en cuestión; si se puede amar en grupo o el corazón tiene un cupo
-          En los tiempos de Acteón era la mejor opción, fornicar todos con todos en perfecta conflación
-          No interpelo a lo sexual, sólo lo sentimental
-          Yo, que amé en lo indecible, puedo jurar que es horrible
-          ¿El amar o amancebar?
-          ¡Pardiez, nunca se reprima, el que ama igual arrima! Mas no entra en mi sesera amar más que a una soltera
-          ¿Soltera tiene que ser?
-          No me rimaba con nada y tengo la mente ahumada; pudiera ser bien casada,  apiolada, fondeada o divorciada. Pero solo una a la vez.
-          Entonces del poliamor no es usía consumidor…
-          De capacidad carece el humano para ello, no existe esa facultad, se lo juro y se lo sello  
-          ¿Quiere decir que la moda no refiere al corazón, sino más bien al gañón?
-          No sé lo que significa pero intuyo la intención, y ha dado usted en el clavo en mitad del armazón
-          No es moral mi incertidumbre, se trata de la costumbre.
-          Suele resultar extraño lo que no se hacía antaño.
-          Tal vez con esto demuestro que amar a diestro y siniestro, aunque cueste de entender, no nos debe sorprender
-          Son los tiempos, las costumbres, las usanzas, las varianzas…
-          Y dígame, don Gustavo ¿volvieron las golondrinas sus nidos a de colgar?
-          Por fortuna no volvieron, hastiado ya me creyeron, me fijé en otra matrona más guasona y cincuentona.
-          Es caprichoso el amor…
-          Es fluctuoso, lodoso, cenagoso y horroroso
-          Pues vaya sentencia alberga después de tanta monserga
-          ¿Tiene centavos aún?... Para una lata de atún…
-          Si gusta desayunamos, y una amistad entablamos  
-          Que me embalo, no me  tiente o le querré hincar el diente
-          A ver si del poliamor, fue usted primer probador
-          No lo descarte, monada, y no se sienta agobiada, disfrute de lo que advenga y agradezca lo que obtenga
-           Le deseo feliz viaje y que goce del paisaje
-          Me llevo un queso manchego como recuerdo del ruego. Que tenga usted buena suerte y que del sueño despierte.  

domingo, 20 de mayo de 2018

El secreto mejor guardado (yo lo desvelo)



Imaginen un escenario oscuro, el reflejo de una mesa redonda de mármol y un silencio absoluto. Imaginen que un foco  ilumina el centro y aparezco yo, sentada  de espaldas, con un bombín y un cigarrillo sostenido por una larga boquilla.
Escuchen esa canción de Liza Minelli: “Maybe this time”, y permanezcan en silencio, con sus pajaritas anudadas y sus zapatos de tacón, pueden chasquear los dedos, pero estén atentos que les voy a contar algo en la penumbra.
Porque puede que esta vez, por una vez, a pesar de mi serio semblante y mi traje negro, les ofrezca un número con mi bastón -ese que saca chisteras del viejo conejo-  y alce las piernas alternativamente hasta el techo, y me suba a la silla para susurrarles que la vida... es un cabaret.
Caras pintadas de blanco, medias de rejilla, actuaciones tristes y carcajadas, la banda que toca los platillos y el saxofón, mafiosos, borrachos, locas, y la vendedora de tabaco y caramelos enseñando una nalga y guiñándoles el ojo.
Imaginen que saco un As de mi escote y les leo su futuro en la palma de la mano, deseando que nuestras líneas se sigan cruzando; imaginen que de mi garganta sale un grito desgarrador y rompo sus copas de champagne, y que con el líquido derramado tocan su frente y piden un deseo. Que encuentran en la mirada de enfrente algo de complicidad, que se sienten libres y no creen nada de lo que les han contado hasta entonces.
El contrabajo a solas les marca la pauta, y les pido que se acerquen a mí,  me subo el sombrero con la punta del bastón y pico rítmicamente con el charol de mi zapato en el parqué, me rodean con glamour, les brilla la gomina y relucen sus diamantes, hermosos bigotes y labios carmesí, y esperan ansiosos una respuesta, para ser felices, para encontrar un sentido, para averiguar cuál es la palabra mágica… así que me visto unos guantes blancos, lanzo una nube de purpurina sobre sus cabezas y tras un redoble de tambor les revelo:

“SEN-SI-BI-LI-DAD”

viernes, 18 de mayo de 2018

el cuponazo perfecto




Era aquella chica de la esquina, la que vendía cupones detrás de sus lentes negras. No sé que tenía su perfume, joder, que me trastocó.
Yo pasaba por allí a eso de las nueve, con el carro de las cartas y mi rostro de besugo, de besugo sí, hasta mi madre me lo decía de niño –eres más feo que Picio, hijo mío- y sabiendo que nunca iba a recibir misivas de amor, me hice cartero.
Podría haber sido locutor de radio, mi voz las encandilaba, cualquiera me hubiera dicho te quiero por teléfono si no imaginaran mi cara, esa cara extraña, abstracta y jodida.
Cuando entregaba un certificado no podían mirarme a los ojos, los buenos días apuntaban siempre a mis pies, no exagero, soy distinto.
La chica de la esquina me guardaba siempre el mismo boleto, acabado en 113 y a saber qué se untaba en las huellas digitales, que me dejaba el aroma pegado en el número de serie, y a veces hasta me preguntaba si sería capaz de desprenderme de él en el caso de ser premiado.
Mi ilusión matutina no era que me tocaran veinte kilos, era que me tocaran sus manos.

-          ¡Buenos días, me da por favor el...
-          ¡El 113, claro, hoy le va a tocar, ya verá!

Ya podía acercarme en volandas, arrastrando el carro con tan sólo una rueda, por la espalda, de frente, que en dos segundos, sin abrir la boca, sacaba el 113 de debajo de la caja de monedas. Sería por ese sexto sentido que atribuyen a los que carecen de uno, pero me olía a mil metros. Guapa y lista, joder, tenía que invitarla a comer.
Me armé de valor y me pasé la noche anterior hilvanando frases, buscando temas, caminando con los ojos cerrados por el salón, soñando con dormir con ella, sin miedo a que midiera mi mandíbula, escrutara mis fosas nasales y palpara mis pómulos.
Repartí las cartas con prisa esa mañana, a las dos la pasaba a recoger, había contestado con un sí certero y firme a la propuesta. ¡Joder, qué nervios!
En la esquina estaba, junto a su puesto ya cerrado, sentada en el banco y con un vestido azul. Se sacó las gafas y me dijo:

-          Parece que se ha nublado; te sienta bien a la cara el burdeos. ¿Vamos?

Y me sonrió, mientras yo me quedaba sin habla, mientras ella se agarraba a mi brazo para disimular su cojera. Mientras me sentí el tipo más afortunado.  



miércoles, 16 de mayo de 2018

Otra relación kaput




Hace unos días leí que un usuario de un gimnasio de –creo- alguna ciudad de Estados Unidos, quiso cancelar su suscripción, y al requerirle la administración una carta para llevarlo a cabo, el tipo les mandó una misiva semejante a la que  enviaría un novio que desea poner fin a su relación. La historia me recordó que semanas atrás, en una trifulca con el banco donde tengo una cuenta corriente (penosamente corriente) por las elevadas comisiones que me cargaron con el detalle “mantenimiento” solicité la cancelación de la misma y así como al cachas del gym, me instaron a escribirles un mail para cumplir mi deseo.

Redactar no es problema para mí, ser sarcástica tampoco, y el ponerme borde, lo bordo. Así que atendiendo a su petición, les envié lo que sigue:

“Querida familia del Banc de Sabadell,

He decidido finalizar  nuestra relación, por los desafortunados motivos que a continuación detallo,
Tras largos años de entendimiento y fidelidad (apenas he flirteado como autorizada en alguna entidad más) y a pesar de que mi capital no ha llegado jamás a ser digno de su admiración, he permanecido con compostura en el límite de los números rojos, sin llegar a traspasarlos; con total dignidad les he otorgado mis nóminas e ingresos extraordinarios (los menos, confieso) mes a mes y con la mínima retención fiscal para el deleite común. Renuncié en su día a recibir correspondencia en papel, ora por la ecología, ora por no llenarme el buzón de sustos; evito en la medida de lo posible el face to face, ora por la lentitud de sus empleados, ora por la ineptitud de los mismos a la hora de despejar dudas. Utilicé cajeros automáticos con la tarjeta de débito (la de crédito les recuerdo que me la denegaron de malos modos, aunque no por ello les guardo rencor alguno) para agilizar trámites y permitir que las señoritas y señoritos de ventanilla, pudieran seguir platicando amenamente de la longitud de sus uñas.
He soportado estoicamente la negativa a retirar en efectivo 10 míseros euros, porque el mínimo permitido es de 20 (si se tienen) e incluso pasé por alto un cargo de 85 napos de una empresa informática con sede en Singapur, con la cual no tuve contacto alguno, y que se negaron a devolver si no se la chupaba al director (no fue exactamente así, pero hubiese sido mucho más fácil que lo que me solicitaban).

Pero llegados a este punto, en el que me clavan 134 euros por movimientos (a mí, que no me levanto del sofá) y mantenimiento de la cuenta (como si me pasaran la bayeta por las transacciones cada mañana) he decidido que le van a seguir robando a su santísima madre y las black de los puticlubs (que también las tienen) se las van a pagar con fondos europeos.

He procedido a meter la tarjeta en el congelador, para olvidarles lo antes posible y como bien es sabido que un clavo saca otro clavo, he abierto una cuenta en el cajón de mi mesita de noche, donde si alguien mete la mano, será sangre de mi sangre. Bueno, casi.”

miércoles, 9 de mayo de 2018

Un pesimismo muy optimista



Hasta ahora y sobre todo en los últimos años, nos habían hecho creer que una actitud positiva ante cualquier situación venidera, ayudaba a que todo saliera bien. Incluso más que bien. El positivismo en la actitud era capaz de curarte hasta habiendo salido sin cabeza de la matanza de Texas. Si tú estabas convencido de que iba a suceder y ese convencimiento estaba acompañado por una amplia sonrisa y un halo de entusiasmo y firme creencia, tus probabilidades de conseguir un trabajo, una pareja, una bonoloto o una sanación, se multiplicaban por Pi. El optimismo era un don preciado que podías procurarte con cientos de ejercicios como el de sujetar un lápiz entre las muelas, simulando de esa manera una mueca feliz en los músculos faciales, engañando así  al cerebro para que –y aun estando en el entierro de tu abuela- la serotonina se elevara a niveles envidiables.

Pues bien, no era tal que así. Ni el ibuprofeno es la panacea, ni el pescado tan sano, ni los huevos tan perjudiciales, ni la carne de cerdo un arsénico seguro. El pesimismo es fenomenal. Que sí. Que ahora ser un pesimista defensivo es cojonudo. Aumenta tu autoestima, no te sume en el fracaso (porque lo esperas), te ofrece una más amplia visión de las posibilidades y para un director de recursos humanos, eres un valor en alza. Frunce el ceño, muérdete el labio, contempla de antemano todas las catástrofes que se puedan dar y tu futuro está asegurado.

Claro que toda sentencia baila en la contradicción porque, a ver, imaginemos que te conviertes (tras leer esta entrada) en un tipo agorero y desesperanzado, y que gracias a los consejos de la sicología más actual, paseas por la vida esperando que una viga te abra el cráneo, que tu mejor amigo se lie con tu pareja, que la espinilla de la barbilla sea un melanoma y que con los manuscritos (que dado tu pesimismo no piensas publicar) hacen una hoguera ¿de qué te sirve que suceda todo lo contrario? Si la alegría te va a durar lo que a mí un bote de dulce de leche, si a la que  te editen el libro, se declare tu amor platónico, te toque la primitiva o el grano estalle, van a volver a acudir a tu mente atrofiada miles de escenas trágicas y oscuras…

No me convence. Entiendo que contemplar varias hipótesis de una misma escena, puede evitarte desencantos depresivos, pero de ahí a subirte a una barca del Retiro y visualizar el final del Titanic, no puede ser bueno para la salud.

Claro que el mercurio en el pescado… Ay, no sé, me temo lo peor…

sábado, 5 de mayo de 2018

La quinta quietud



Si algo tiene de bueno una sala de espera de un médico lento, es que te da tiempo hasta de leer "Guerra y paz" del revés, y si no siempre puedes echar mano de esas extrañas revistas que te evitan una conversación con el paciente de al lado o mirar al  limbo con cara de Despertares.  Así que hoy, por ese método y en esa mismita situación, ha caído en mis manos una entrevista al escritor Johnathan Franzen, un tipo de esos al que todo proyecto de writer quisiera parecerse, en particular por haber vendido casi tres millones de libros y en segundos términos por una serie de situaciones que rodean su vida y que paso a desarrollar con toda la envidia del mundo.

Lo primero que me ha llamado la atención –positivamente- ha sido el título del reportaje: “El escritor que miraba los pájaros” sobre un fondo de una panorámica de Manhattan desde el ventanal de Fronzen. Su aspecto es el de un hombre sereno, atractivamente canoso, con gafas de montura de pasta negra, camisa azul y vaqueros. Y su apartamento lo pueden imaginar o de lo contrario ya se lo describo yo, que para eso estoy: diáfano, de suelos de parqué oscuro, paredes vainilla, muebles coloniales, cocina blanca de estilismo sueco y ese aire intelectual e intimista que podemos, por ejemplo, encontrar en los ambientes de Allen (Woody).

Las vistas, como no podía ser de otra manera, al Central Park, y de ahí que Fronzen pueda –según su confesión- observar las aves durante doce horas seguidas, sumiéndose en un estado absoluto de felicidad. Le entiendo. Para que las ideas lleguen a uno, la mente ha de estar dispuesta para ello, debe encontrar un espacio blanco y vacío para llenarlo de percepciones, reflexiones y planteamientos. Como si se tratara de calentar los músculos antes de un encuentro deportivo, de los preliminares en una noche de amor, de abonar para sembrar.

Yo, que soy de hallarle  el lado positivo a lo más oscuro, he salido contenta de la consulta, no por los motivos que me llevaban a ella, que siguen en el mismo punto muerto de siempre, sino porque he tenido el tiempo suficiente para entender que pasarse horas y horas contemplando las viñas, debe significar algo parecido a lo que Fronzen sentencia así:

“Verás más estando sentado en un sitio, que corriendo detrás de algo”

miércoles, 25 de abril de 2018

El soponcio del psicoanálisis (y los amoríos)




Desde que me especialicé en la terapia de pareja,  allá por el 72, por mi consulta habrán pasado cientos y cientos de clientes,  habitualmente para encontrar una solución a su quebrada relación, aunque la pasta de hojaldre –y esto que quede entre ustedes y yo- jamás vuelve a su textura inicial una vez humedecida. Pero para enriquecer mis conocimientos sobre la estupidez humana, y elaborar esos manuales de auto ayuda que me permiten vivir a todo tren, necesito pasar cinco horas al día dando consejos absurdos, observando matrimonios que se aborrecen y lo que es peor, poniendo cara de póquer cuando creen haber dado con la solución.

Los primeros tres meses de enamoramiento, son insoportables para todo aquel que rodea al enamorado, las memeces que puede llegar a detallarte sobre su amado una y otra vez, te pueden fácilmente conducir a la ruptura de una amistad en el mejor de los casos, y al asesinato premeditado en el peor.

Norman Ch. pasó en ciento cuatro ocasiones por mi diván, una vez por semana, lo cuál nos da un resultado –habida cuenta de que para mi desgracia no faltó ni un solo martes- de dos años exactos.
Acudió por un atontamiento que le impedía rendir en su trabajo, le causaba insomnio y le cerraba la boca del estómago. En un primer momento lo achacó a una crisis de fe, tras una excursión a Lourdes con la comunidad de  vecinos, pero a base de encontrarse en el ascensor con la morena del quinto, relacionó hábilmente sus males con la absoluta pérdida de dignidad. Es decir, N. Chaufman se había enamorado.

Durante ese primer semestre tuve que soportar -con la estoicidad que me caracteriza, los bostezos disimulados y la modorra que su tono de voz me proporcionaba- las mayores sandeces salidas de la boca de un homo erectus: Que si su pelo era como la crin de un pura sangre, que si su risa como una ristra de perlas, que si sus tobillos, su cuello, su oreja, su espalda, sus ojos. A veces me parecía estar escuchando a un forense más que a un paciente obnubilado.

En el séptimo mes en cambio, instalado ya en el 5º 2ª (instigado en gran parte por mí y mis prisas porque fuera feliz y me dejara en paz) la perorata cambió de tono y lo que antaño eran virtudes, se fueron transformando en defectos. Y también su relato me sumía en la más profunda de las ensoñaciones: Que si ese geniecillo incontrolable, que si las ventanas abiertas, que si su madre, que si esos días tontos, que si los pedos, que si el corte de pelo...

Paciente tras paciente me relataban su estado amatorio como si hubieran descubierto el epicentro de la Tierra, sin imaginar ni por un segundo, que el recorrido de una pareja siempre empieza en la A y termina en la Z, pasando por las cuatro estaciones, y con algunas connotaciones dependientes de la tolerancia, la obstinación o el aguante de cada cual.

Transcurrido un año, en el cual tuve que empezar yo mismo una terapia cognitiva para soportar el tedio y la absoluta ausencia de elementos sorpresivos, N. Ch. odiaba con todas sus fuerzas a la morena del 5º, que no había hecho nada más que mostrarse tal y como era, y lo que en realidad había cambiado fue el cristal con el que él la miraba. La negación de un nuevo fracaso, el no aceptar la naturaleza de los hechos, y las pocas luces de mi paciente, le condujeron a un estado depresivo-abominable que hicieron que me quedara frito sobre el escritorio: Que si es una víbora, que si una insatisfecha, respondona, avariciosa, compradora compulsiva, que si no se depila, aburrida, histérica, furcia, dejada...

Aún así Norman sollozaba sobre mi hombro, viéndose incapaz de abandonar a semejante monstruo.
En los últimos seis meses de relación con mi paciente, sucumbí a la tentativa de recetarle Orfidal equino en varias ocasiones, a clavarle el abrecartas cuando se agarraba a mi pantorrilla implorando una solución, y a aplicarle electrodos en los genitales para provocar una reacción digna, que al menos le permitiera andar erguido y mantener el lagrimal árido unos minutos.

Sólo era cuestión de esperar. Y así sucedió que la morena del 5º se largó con el del ático y Norman Chaufman encontró consuelo en mi portera, a lo que antes de que me confesara que la encontraba linda, diferente, brillante, adorable y definitiva, le dije que me tomaba unas largas vacaciones para llevar a cabo un estudio al que él había aportado los datos más relevantes.
Soy incapaz de encontrarle el encanto a la estupidez humana, aunque como dijo Hidalgo, es mucho mejor ser un idiota enamorado que un idiota a secas.

Ténganlo en cuenta. 

martes, 24 de octubre de 2017

De apariciones suicidas




Cuando se me apareció en sueños A. M. T., sosteniendo media tableta de chocolate negro y con una sonrisa amplia, le pregunté por qué lo hizo. Por qué se lanzó aquella tarde desde el último piso de los grandes almacenes. Su respuesta fue breve y concisa:

-          Por joder.

Se sentó en el borde de mi cama y mientras saboreaba el dulce, me contaba:

-          Fue una estupidez, otra más. De haber sabido que iba a ser capaz de hacerlo, hubiera cogido las maletas y volado hacia algún lugar lejano. Pero nunca podría haberme ido sin mí, y ahí, solamente ahí, radicaba mi mal. Fui valiente al saltar, en la caída imaginaba la cara de muchos y por primera vez en mi vida perdí el miedo a todo. ¿Si volvería a hacerlo? Sí, siempre y cuando las circunstancias que me empujaron fuesen las mismas. No soy quién para aconsejar, sólo un pobre espectro perdido en el limbo, pero me atrevería a asegurar que hay otras maneras de solucionar la convivencia con uno mismo, menos drásticas, y desde luego, menos definitivas. No fui generoso conmigo, ni tolerante, ni comprensivo, no me escuché, ni siquiera me quise, me perdí el respeto, me insulté y me castigué a no encontrar una puerta de salida, un tragaluz directo a la felicidad. Es más, no lo busqué. ¿Volvería atrás? ¿Querría retroceder al momento en que trepé la barandilla de acero y me lancé al vacío? Con lo que ahora sé, sí. Pero he tenido que pasar por ello para entenderlo. Por lo tanto es absurdo verse allí de nuevo, con toda la ignorancia que arrastraba, sin saber que uno en realidad son dos, que mi mitad debía tratar de complementar y equilibrar a mi otra mitad. Sin conocer que muchos ya estamos muertos antes de fallecer.

Me desperté de un salto, buscando una bocanada de aire y algo de luz. Tenía la sensación de haber encontrado la punta de un hilo del que tirar.


domingo, 15 de octubre de 2017

Cuando tiene que ser, es.




Mi vida ha funcionado en cuestión de decisiones, a base de clics. He podido pasarme noches enteras intentando diseccionar una situación que necesitaba de una pronta solución, sin ser capaz de llegar a una determinación tajante y final, hasta que a menudo por un detalle ajeno, lejano y aparentemente insignificante, ha sonado ese clic en mi cerebro como si se tratara de un chispazo neuronal que activa mi voluntad, mi firmeza y mi ejecutable sentencia. 

Se trataba esta vez, en la que la parte emocional la tengo más que resuelta, en encontrar un sentido práctico y productivo a mi existencia, mucho más allá de dibujar una viñeta casi a diario para que la observen un centenar de miradas y solo tres o cuatro viertan su opinión. Necesitaba -en este momento- hallar un kilómetro cero en un punto exacto para empezar a dar ese primer paso que me condujera directa a la satisfacción, a la ambición personal, a un sueño que no acababa de estar integrado en mi boceto…

…Reubicaba hace unos días decenas de libros por la casa, los más interesantes los colocaba en los peldaños de la  escalera de caracol, y en uno de los registros apareció una biografía de Tamara de Lempicka, a la que he admirado desde muy joven por su vida y milagros. Dejé el tomo a mano para releerlo y durante muchas horas en las que intercalé quehaceres varios, observé la portada como intuyendo que su lectura me iba a cambiar el destino. Así que tal y como debía estar escrito en algún contrato firmado más allá del infinito, esta mañana, entre el café y las nubes plomizas, me he adentrado en el mundo de esa polaca excéntrica, liberal, snob, insolente e ingeniosa, de la que tanto aprendí y a la que siempre me quise parecer sin poner mucho empeño en la labor.

Pero al terminar sus hazañas y cerrar el libro sobre mi pecho mientras formaba aros con el humo del cigarrillo, el famoso clic ha descargado su electricidad en todas mis funciones cognitivas y Tamara ha aparecido a los pies del sofá, me ha pedido una calada, se ha acercado a mi oído y me ha musitado:

-          Ha llegado el momento. 

lunes, 2 de octubre de 2017

Carta de Weimberg



Anoche mismo, desconcertada, desolada y abrumada por la sucesión de acontecimientos político sociales, no vi más solución que escribir al Dr. Weimberg  para que –buscando desahogo y una objetiva opinión- me brindara algo de su vasta sabiduría en momentos tan aciagos. Su respuesta he decidido compartirla con ustedes por si fuera el caso de que alguno necesitara también de la mirada estrábica de un filósofo bávaro.

“Querida y paranoica amiga,

Estoy pasando una temporada en el Parque nacional Uluru-Kata Tjuta, que como sabrá se encuentra en el centro de Australia; de chiripa y gracias a un equipo de escaladores –precisamente españoles- que ruedan estos días un documental, he podido acceder a su señal satélite y así adentrarme en mi correo y leer su desesperante (y permítame que le diga, algo soporífera) misiva que procedo a contestar. Verá. El equipo de escalada que en estos momentos hierve unas latas de fabada asturiana, está formado por siete personas, y aunque parezca el principio de un chiste de antaño, lo conforman un andaluz, un gallego, un madrileño, un aragonés, un vasco, un extremeño y –como habrá adivinado- un catalán. Cuando se me presentaron hace unos días, sorprendido yo por el encuentro cuando lo que esperaba era un viaje astral y una introspección espiritual y solitaria conmigo mismo, pensé que la expedición iba a acabar como el rosario de la aurora y que a la mínima discusión separatista o territorial, les iba a enviar a la mismísima mierda no sin antes cortar todos y cada uno de sus arneses.  Pero ya en la primera noche, mágica por cierto dado el infinito silencio y la inmensidad de un cielo plagado de estrellas, y mientras me hablaban apasionadamente sobre el cambio de color del monolito según los rayos solares y las leyendas que sobre él versaban, me di cuenta de que no se iba a dar la posibilidad de un enfrentamiento por una sencilla y contundente razón: Todos se movían por un objetivo común que ni siquiera se podía considerar personal, ya que su propósito final  era filmar la maravilla para poder ofrecérsela al resto del mundo.

Entonces entendí que todo se trata de eso y que el quid de la cuestión está en intentar averiguar qué es aquello que puede unir hasta la cima de la montaña a la humanidad, sin otro cometido que ayudar a la propia humanidad. Y es que tal vez no se haya pretendido ahondar en ello y lo que es una finalidad para unos, es justamente lo opuesto para otros.

Es posible que se trate de una idea utópica y filántropa, pero es la única que considero válida visto que hasta la fecha, y tras doscientos mil años pasados desde los primeros homínidos, nada absolutamente ha funcionado.

Mi respuesta no calmará su angustia, a no ser que traslade la solución a un nivel más modesto, pero así como mi teoría valdría en un sentido positivo, también podría aplicarlo cuando la cumbre es negativa. Es decir ¿cree usted que a todo el conjunto de la sociedad española (incluida la catalana), es más, insertemos a la europea y si lo desea al resto del globo,  le interesa llegar a lo peor que podamos imaginar? ¿Sería un bien común con el que ilustrar a los demás? Creo que su respuesta es no. Y la mía también. Por lo tanto, si damos por imposible la idealista fórmula de una humanidad unida, demos también por inviable la de un panorama caótico y aterrador porque todos lo vayan a desear.
Respire hondo, dibuje, desconecte de todos los medios que la bombardean, y simplemente agárrese fuerte cuando vengan curvas, que el entendimiento será la cúspide a la que lleguen más tarde o más temprano por eso que viene a llamarse, interés común.

Se me enfría la fabada. Cuídese.
Dr. Francis G. Weimberg "




miércoles, 27 de septiembre de 2017

El sol de la ajedrea



Al final del camino a la izquierda está la masía de Vadim. La encuentras sola entre los pinos, con esa fachada rancia de los siglos vividos. Cuando llego los miércoles y le encuentro tumbado en la hamaca, siempre pienso que está muerto, hasta que abre un ojo y me dice que no se piensa morir. Tiene preparados, sobre la mesa de piedra, los manojos de hierbas silvestres y ese pedazo de paz que me aporta sin hacer nada.

Me tranquiliza hablar con ancianos, saber que a pesar de todo se llega a viejo, e incluso algunas ilusiones permanecen intactas. Me contó una mañana que la piel de la emoción también se agrieta, y decaen los sobresaltos como los párpados o las pasiones, pero que siempre queda una ceja alerta, por si acaba llegando aquello que nunca se presentó.

Ha aprendido a saborear el silencio y a sentirse a gusto con la soledad, aunque dice que los recuerdos son buenos compañeros al atardecer, cuando no tiene nada que trastear y sólo le queda esperar algo así como el último día. Ni por esas uno gana en valentía, ni  pierde el miedo a lo desconocido, ni deja de asustar lo oscuro, sólo la actitud se acomoda y engalana, transmitiendo una imagen de serenidad y aceptación que a los que no hemos llegado a viejos, nos desconcierta y a la vez reconforta, llevándonos a pensar que puede que no sea tanta la angustia del final de la historia.

Debe ser cosa mía, de esa magia que le encuentro a ciertas cosas, pero a Vadim le envuelven violines en esa masía que parece crecer en la tierra como las hierbas silvestres. Como si cada sentencia que sale de su boca mellada, fuera acompañada de las notas de un instrumento delicioso. Y la vida que se le va, esa se le escapa por el rabillo del ojo rojo, la que se le escurre por la espina dorsal, parece que me la regale a mí.


Lavanda, mejorana, ajedrea...

viernes, 22 de septiembre de 2017

A Dios rogando...



Vamos a hacer –los capaces- un gran ejercicio de imaginación y vamos a visualizar un cielo blanquecino en el que habita Dios. Cualquier Dios de los que pululan por las distintas civilizaciones nos valdrá. Yo, como no creo en él, haré un esfuerzo superior. Lo vamos a dibujar en una habitación sin puertas ni ventanas, con una luz apabullante y dando cortos paseos por el habitáculo, yendo y viniendo, con las manos unidas en la espalda y blasfemando por lo bajini. Puestos a ello imaginemos que tiene una esposa que canturrea a lo lejos y que en un momento dado la llama, se rasca la cabeza en su presencia y atusando la barba le pide: - Cari, llama a los niños. A lo que ella, echando cuentas de los 7.400 millones de hijos que han tenido, le responde: - ¿A cuáles? Y tras pensárselo unos segundos con el ceño fruncido, le dice: De momento a Kim Jong, a Donald, a Abu Bakr y de paso a Mariano y  Arturito. Ella, consumida ya en ese momento por los nervios, le pregunta: - ¿Y a Oriol no? A lo que el divino le espeta: ¡No digas tonterías, ese nos salió desbaratao!

La mujer recorre unos metros y a lo lejos se la escucha gritar los nombres de sus vástagos, que raudos y veloces acuden a la llamada –nunca mejor dicho- del Padre, que tomó asiento en una gran mesa dispuesta con unas cervezas y cuatro pinchos. A los pocos minutos (minutos terrenales no minutos luz) llegaron los seis dándose patadas y tirándose del pelo, pero ante la omnipresencia del progenitor, guardaron sepulcral silencio. Dios dio un trago y se puso en pie. Pegó un puñetazo en la mesa y les gritó:

-          ¡Me tenéis hasta los santísimos cojones! ¡A ver, Abu, pedazo de animal ¿yo te he dicho que vayas por ahí atropellando a la peña en mi nombre? ¿Es que no has visto a tu madre en pelotas por la casa toda la vida y no tapada de pies a cabeza? ¿Te hemos enseñado a degollar y estampar aviones contra los vecinos? ¿Y tú, Donald, de qué coño te ríes? Ven pacá. ¿Qué huevos te has hecho en el pelo? ¿Todavía no te has enterado que la soberbia, la ira y la avaricia son pecado? ¡Que aquí el que manda soy yo, y no tú con tus delirios de grandeza, que eres más tonto que un Borbón! ¡Kim, no corras que no sabes,  bolita de sebo de tu mamá… que me han dicho que vas a lanzar lo qué? ¡A ver… dime lo que tienes preparado apuntando a dónde? ¡Venga, díselo a tu padre si tienes redaños! Como te vuelva a ver haciendo el gilipollas con los misiles ya sabes por dónde te los voy a meter. Venga, arreando pá la Tierra y que no me lleguen más chismes de vosotros.

Salen del salón por patas, no sin antes recoger unas monedas (a cada uno en su divisa) y un bollo que les da la madre,  y Dios coge por la oreja a Mariano y Arturito que haciéndose el longuis tiraban para abajo.

-          ¿Dónde vaaaaais, pedazo de merluzos? ¿Qué pensáis que me chupo el dedo como todos los borregos que os siguen por allí? ¿A qué carajo estáis jugando? Tú, Marianito, ¿qué pretendes? Que a Paco todavía lo tengo en el Purgatorio, que lo sepas. Y Arturito, tontaina, que no eres Companys, ni me trago tus llantinas, que ya de pequeño te quejabas de que a tus hermanos los queríamos más, bobalicón. Venga, daros un abrazo y sentaos a dialogar hasta que salgáis de la mano. Que vais a matar de un disgusto a vuestra madre y con los otros tres ya tenemos bastante para no pegar ojo.

Miró a su esposa asintiendo con resignación, se sirvió otra birra y se comió los cuatro pinchos con sabor a gloria bendita mientras musitaba: ¿En qué nos hemos equivocado... en qué?

Y bueno, imaginemos que están todos en ello, que sí, que alguien por ahí arriba los va meter en vereda, pero no estaría de más que a ese Dios, a cualquier Dios, incluso aún en la convicción de que no existe, le echáramos una mano.  O 7.400 millones de ellas. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mi querido primo de Ruffus



Siempre he creído que hay lugares que lo buscan a uno. Que algún secreto mapa de humanos se llevan entre manos y disponen toda una serie de triquiñuelas y azares para que llegues a ellos como caído del cielo. Y hay veces en las que ese lugar, para conseguir que permanezcas y le dediques tus ratos, te adorna el escenario con otras personas, también buscadas en ese atlas, que de salir bien la jugada (no siempre aciertan con el dardo) componen el cuadro perfecto para ilustrar una historia de casualidades.

Y a mí me tocó de pleno en el 2002, justo en el penúltimo arco de la plaza de la Constitución, un domingo frío y soleado en el que llegaba con mis dibujos y la ilusión de mi parada en el mercadillo de pintores. El otro enviado por el mapamundi procedía de Mar de Plata, y ocupaba el último puesto en la fila; leía La Vanguardia sentado en una silla plegable y alzó la vista cuando le pregunté si el siguiente espacio era mi lugar. No necesitamos mucho más, las cartas ya estaban echadas, la complicidad en marcha, la magia en los adoquines y las coordenadas de la zona frotándose las manos.

Durante muchos años fuimos los mejores amigos. Buscábamos necrológicas en el periódico para conseguir apellidos curiosos que disfrazaran a nuestros personajes de ficción, compartíamos salas de exposiciones combinando nuestros tan distintos estilos, gastábamos las sillas de todas las cafeterías a las que les diera el calor y fuimos capaces de construir una amistad que ni el más soñador de los planisferios, hubiese imaginado.

Hace siete años que decidió, con su mujer, regresar a su espacio en la costa argentina, a exactamente 10.703 kilómetros del penúltimo arco. De repente no podría acudir a su ingenio para encontrar un final a un relato atascado, ni discutir el tono de mis rojos en la madera, ni oler su esencia de trementina, ni probar las empanas de humita de su esposa, ni descubrir un nuevo café con sillones de mimbre, ni sentirme completa las mañanas al sol.

Hace unos días volvieron por unas semanas, les recogí en la estación cercana al lugar donde nos conocimos y al abrazarle puede volver a tener la sensación de quince años atrás, imaginando que la pieza que faltaba volvía a su cavidad, que ni la distancia ni el tiempo pueden con los sentimientos, que el hechizo de los mapas traviesos perdura en esa otra dimensión que no se puede palpar, y que por mucho océano y calendario de por medio, su siguiente espacio siempre será mi lugar. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

...Y los sueños ¿sueños son?



Hace unos años Javier Cercas nos contaba de una conversación con un político amigo, en la que hablaban sobre lo que cada uno piensa antes de dormirse; esas pequeñas historias que te ayudan a conciliar el sueño, en las que te conviertes en héroe, amante, malabarista o villano. Él fantaseaba con encontrarse en una esquina con Borges, el cual le felicitaba por su último libro y entonces Cercas, se ponía a llorar como un niño. El candidato a la presidencia  soñaba en cambio  con ser el intermediario que pusiera fin al conflicto en Oriente Próximo.

Yo imagino el perderme por la Toscana con alguien que invente el mismo panorama, con una charla infinita con Rodrigo Fresan, con ver a mi hija convertida en la antropóloga de una reserva en Tanzania y con cientos de páginas en blanco que van escribiéndose solas a base de telequinesia.  
No hay que escatimar nada cuando se trata de soñar.

Es la única libertad real que nos podemos permitir sin pasar cuentas a nadie. Podemos transformarnos en lo que queramos, sin tapujos, ni resentimientos, ni culpas.

Sé  una nube que sobrevuela su alcoba, un asesino, un pacificador, una bailarina rusa. Recibe un premio, besa a aquel que jamás sabrá de tu existencia;  cámbiate de sexo, recibe una carta de amor, corre, llega a la cima, viaja, grita, llora.

No nos damos cuenta de lo maniatados que llegamos a estar, de las rejas que nos envuelven, de lo poco sinceros que somos con nosotros mismos, de las ganas de escapar que tenemos, de lo mucho que haríamos si pudiéramos. De lo tremendamente cobardes que llegamos a ser.
Y solo nos queda el soñar, permitirnos el lujo de saltar de vida, de cuerpo, de rostro, de olores, de paisaje.

Soñar con Borges en una esquina, con una bandera blanca en Ramala, soñar con la libertad de soñar, soñar contigo...


¿Con qué soñáis vosotros antes de dormir?

domingo, 10 de septiembre de 2017

Culpas generacionales


Hace unos años me sucedió algo espantoso, peligroso y muy significativo. Llevaba a mi hija al cole, cuando de pronto se giró hacia su izquierda, me miró con cara de guerrillero de Timor Oriental y me dijo:

-          ¡Estoy congelada, no sé porqué me obligas a llevar pantalones cortos!

Le podía haber dicho que era un renacuajo impertinente, que llevaba dos meses suplicando que la vistiera de verano porque tenía calor en el patio, porque se creía más importante con las rodillas cosidas a costras, porque odiaba los tejanos largos…

Pero no le hice ni caso y me puse a pensar. Porque la cosa es preocupante, que empiezan así y acaban echándote la culpa de sus paranoias y traumas en la madurez. A más de un psicópata de los que guardan a sus vecinos en el congelador, le he oído decir que todo es culpa de su madre, por llegar un día tarde a recogerle a clase de piano, por destripar el pescado en su presencia o por ponerse papel de plata en la cabeza tras el tinte. Y es que hagas lo que hagas, te lo reprocharán algún día o como mínimo secretamente -en sus consultas con el psicólogo- contarán que si padecen de fobia a los Apeninos es porque su madre les dejaba las piernas al descubierto en cuanto entraba la primavera, y el siguiente paciente, obsesivo compulsivo, achacará su trastorno a aquella progenitora desalmada que hasta el treinta de mayo no le sacaba los leotardos.

Por algún extraño motivo, probablemente porque indagar en la infancia es mucho más rentable y extensible que echarle huevos al presente, todo comportamiento inusual, todo desequilibrio emocional y todo lo que sea achacable a un tercero, será fruto de las acciones de tu madre, sin prestar atención a un pequeño detalle: Que de cuatro hijos, a los que has dado la misma educación, uno es feliz en Groenlandia, otro un famoso pintor, una florista en el pueblo y tú un despiadado matón.

De todas formas, en mi caso, si mi madre no me hubiera tirado tanto del pelo para hacerme la cola de caballo, no tendría yo este rictus facial y a mi hija le habría puesto unos pantalones de pana con la mejor de mis sonrisas.

Pues nada, solucionado, le dije a Pat que toda la culpa era de su abuela. Hala.