lunes, 24 de julio de 2017

No quiero. Y punto.


A lo largo de la semana llevo a cabo unas cientos de cosas que realmente no quiero hacer. No hablo de pereza o desgana, no, es que sencillamente las hago en contra de mi voluntad. Algunas son nimiedades que no me rasgan las vestiduras ni la dignidad, realizadas para complacer o ayudar al prójimo y básicamente forman parte de una cadena de favores que en otra ocasión me repercutirán a mí. Otras en cambio son de aquellas que desarrollas –y perdonen la expresión- cagándote en todo lo que se menea y repitiéndote una y otra vez por qué estoy aquí.

Verán, mi mundo es muy básico, se trata de dibujar, escribir y curiosear. Se puede dar entre medias alguna tarea doméstica ineludible, un café en compañía y alguna película nocturna. Más de una charla telefónica, la contemplación del techo y leer aquello que me llama la atención.

Pero (y diría que le ocurre a más de un lector) el tiempo que invierto en perder el mismo con actos estériles e infructuosos, me irrita y enerva de tal manera, que por las noches me sumerge en el SPI (síndrome de piernas inquietas) hasta que cantan los gallos –y de metáfora no tiene nada-.

Morí en el intento de decir no y no sentirme culpable. Lo intento y la desazón estomacal que me provoca es patéticamente superior a la satisfacción de negarme. Me cuesta dios y ayuda posponer, eludir y no contestar un mensaje en cuanto llega.

Supongo que podría seguir viviendo de esta manera unos cuantos años más, pero a veces, cuando me da por pensar en coger el coche y alejarme hasta Nueva Zelanda con él, me asusta la idea de llegar a rebosar ese vaso que radicalmente rompa con compromisos, reglas y educación, y entonces la desaparición será tajante, dura e irremediable.

Quisiera encontrar un término medio (la imagen de vivir entre canguros tampoco me seduce) y poder apagar el móvil o desestimar un encuentro sin provocar una intifada familiar o lo que es peor, esa inquietud, culpabilidad o remordimiento que el no complacer a todo Cristo me provoca.

¿Alguna idea? 

jueves, 20 de julio de 2017

¡Ya hemos llegado!



No falla. Llega el verano y aumenta la gilipollez. Antes, me refiero a aquellos tiempos en los que no existían las redes sociales, uno se procuraba el pequeño placer de entrar en una tienda del barrio viejo de cualquier ciudad lejana, comprar algunas postales, sentarse en un café a escribir cuatro paridas y enviar una por persona querida y allegada. Una. Pero hete aquí que aparecen en nuestras vidas los escaparates virtuales y –voluntariamente, todo hay que decirlo- te ves sometido a un bombardeo continuo de fotografías de tus amigos y familiares (y algún que otro desconocido) haciendo el pamplinas en cualquier maravilloso lugar del mundo.

Sujetando la torre de Pisa, chupando la Eiffel, con los pies en el agua rodeado de calamares, la moto en el Kilimanjaro, enfundado en un gorro amahuaca,  con taparrabos en Buyumbura, con un gin-tonic sobre una palmera en el Caribe, y, como traca gore final, bailando una conga en Marina d’Or. Brutal. Y ahora no es una por familia, no, el tema va por álbumes con su título y comentarios: “Amanecer en Paramaribo” y los tíos se levantan a las 5 de la mañana para sacar quince fotos del sol (el sol ese que vemos aquí cada día) haciendo una elipse sobre los barrenderos de la playa.

No faltan los platos de comida típica, en muchos casos en el momento de introducirse en la boca, la imagen abrazando a un indígena (que de oriundo no tiene nada), la colección de sombreros y pareos,  y el vivo retrato en todas y cada una de ellas, de la felicidad absoluta (aunque por detrás al niño se lo estén comiendo los tiburones).

Fríamente resulta bastante patético; todos lo mismo y a la vez, de la misma manera, de igual postureo y para mostrarnos tal y como no somos durante los restantes 350 días del año a una ventana en la que quien te mira y te observa se está descojonando de ti, de tu cara de cangrejo, tus juanetes, tu familia, tu pamela y por supuesto de tu taparrabos.


Esperen mi postal. Una por comentario. 

martes, 18 de julio de 2017

Arschloch!


A los dieciocho años me encargaron el diseño de unos carteles para una empresa de golosinas que acudía a una feria en Köln; yo entonces era tan ilusa como ahora y lo que más me emocionaba era poder encontrarme con el portero del Colonia F.C. (Schumacher) en alguna fábrica de cerveza. Así que emprendí viaje en coche, con dos compañeros, en pleno enero, atravesando tres países nevados y con la única compañía musical de una cinta de Mike Olfield (al cual desde ese momento odio profundamente)
Nos alojamos en un hotel de un pueblecito blanco, acogedor, delicioso y con las ventanas llenas de gnomos. Dos de los mejores clientes de la empresa pernoctaban allí. El Sr. Josuah Weimberg, judío hasta la médula y el Sr. Abu Aisha, musulmán hasta la misma. Bien no se llevaban y sin quererlo me vi inmersa en su intifada personal durante mi estancia en Deutchland. Ambos querían inundar sus países de chuches picantes y ácidas, haciendo lo imposible para que el contrario se quedara sin una triste piruleta. Entrar en el restaurante por la mañana y verlos a cada uno en una esquina, era como atravesar la línea de fuego en la franja de Gaza. Para rizar el rizo apareció un nuevo cliente, el tercero en discordia, Adolf Müller. Obviamente teutón teutón. La situación era tensa: tres dioses, tres culturas, tres firmas en exclusiva, y... yo. Que repito que lo único que me interesaba era conocer a Schumacher.
Pero una noche de insomnio (lo mío es que es crónico desde unas fiebres en La Camargue a los ocho años) decidí trazar una estrategia. Intentaría que los cuatro coincidiéramos en el ascensor y lo encallaría hasta que saliésemos todos como amigos (algo así como cuando Carod se reunió en Perpignán con la cúpula de ETA, esperando emerger del zulo con una tregua firmada)
Total que una noche, tarde, los llamo a los tres a sus respectivos aposentos y les cito en el piano bar cinco minutos después. Urgente. Nos encontramos en el ascensor,  yo sujetando las puertas del mismo y ellos dispuestos a la Guerra Santa. Al alcanzar el segundo piso el montacargas se paró, él solito, sin que yo hiciera nada, cosa que interpreté como una señal divina, y descolocada, y sobre todo acojonada, empecé a gritar como una posesa, golpeando el pecho de Adolf para que hiciera algo, besando el rosario de Abu, y rezando a la estrella de Josuah. Intenté abrir las puertas con mis muñones, me subí a la calva del judío para intentar escapar por la trampilla, desarmé el cuadro de mandos hasta recibir una descarga que me chamuscó la coleta, imploré al Olimpo, y finalmente hundí mi cabeza en una bolsa de caramelos chipiguays para hiperventilarme. Cuando alcé la vista los tres estaban riendo a carcajadas. Riéndose a carcajadas de mí. Había conseguido mi propósito.
Al abrirse las puertas se fueron abrazados hacia el bar, les seguí algo desubicada y dejando un rastro de cenizas… y me pedí un güisqui doble.
Y entonces le vi, mirándome como quién descubre una cucaracha en la ducha, con cara de espanto, haciendo la señal de la cruz con los dedos conforme me acercaba a él, aterrorizado y sin dar crédito, cerrando los ojos cuando me detuve en su oreja y le dije:

-          Ich liebe dich!

A toro pasado me queda el orgullo de ser la mujer que más impacto ha causado en el portero del Colonia. ¡Arschloch, Arschloch, Arschloch ! (o sea: ¡gilipollas, gilipollas, gilipollas!)

miércoles, 12 de julio de 2017

No me comas el coco

Cuando era pequeña, y dudaba ya de la veracidad de lo que me contaban, rápidamente acudía a desvelar mis descubrimientos, jodiendo la fiesta a más de uno. Normalmente era mi hermana la destinataria de mis iluminaciones. Así sucedió con el ratoncito Pérez, Papa Noel, los Reyes Magos, el hombre del saco, el coco, los fantasmas y la bruja Pirula. Gracias a mí, mi ansiedad y el darle muchas vueltas a todo, mis amigos, vecinos y demás infantes allegados, dejaban de ser Peter Pan en un santiamén, no sin llantos, insultos, improperios y acusaciones de herejía hacia mi persona.

Cuarenta años más tarde, sigo igual. Aunque cada vez me cuesta más demostrar mis clarividencias y mi hermana, ahora, no me presta demasiada atención. Intento disuadir a quienes me rodean de las falsas creencias que sólo infunden temor, opresión e inseguridad. Desde comidas envenenadas, pasando por espectros terroristas, epidemias, castigos divinos, virus sospechosos, hombres malísimos, artículos alarmistas, independencias paradisiacas y el mismísimo Dios.

Nos siguen tratando como a pequeños mocosos, creando en nuestro entorno una nebulosa de miedo que nos convierte en seres tan inocentes y manejables, como los pequeños que duermen inquietos esperando un cuento bajo la almohada a cambio de un incisivo.

Hay algo que no cuadra en este mundo tan inseguro que nos están vendiendo, igual que no colaba que Santa Claus en ocho horas y a su edad, repartiera presentes en mil millones de hogares.
Créanme, no hagan caso de todo cuanto les cuenten, créanme como me creía Noe cuando aquella madrugada le dije:


-          ¿Qué? Ese del bigote y el pitillo que está montando la bici... ¿es Baltasar o es papá?

miércoles, 5 de julio de 2017

Dos pechos. Uno a cada lado.




Se llamaba MC. y tenía su consulta a las afueras de Madrid. Me presenté un buen día en busca de mi eslabón perdido, aquel que marcó un antes y un después en mi existencia.
A menudo se acercaba a la ciudad de los rascacielos y los psicoanalistas, para hacerse con los últimos avances en la materia, y fue entonces, en uno de sus regresos con las maletas llenas de nuevos métodos,  cuando la conocí.
A primera vista no suelo dar una, así que no presté mucha atención a que me pareciera una mujer engreída, arrogante y muy por debajo de lo que pretendía aparentar. Me limité a contestar a sus preguntas y esperar. El tiempo suele ponerlo todo en su sitio: ladrones, genocidas, embusteros, arrugas, polvo, prejuicios, y... psicólogos. Esperé.
En la primera entrevista, en la toma de contacto y tanteo por parte de ambas, me preguntó qué clase de sujetador llevaba. Bastante perpleja dudé en la respuesta y le contesté con otra pregunta:

-          ¿De los que son para dos tetas?
-          Ajá. Pero... dime algo más sobre ellos. 

Abriendo mucho los ojos, sorprendida por lo que le podía importar mi sostén e intentado encontrar el paralelismo entre mi cerebro y mis domingas, le seguí el juego, más que nada por si se trataba de una nueva terapia de asociación disparatada.

-          Pues... son negros, como todos los que tengo, de tirantes...
-          Ajá ¿Y?
-          Y... sin relleno, finos, sin aro...
-          Ajá... entiendo...
-          ¿?
-          Lo primero que vas a hacer es comprarte sujetadores maravillosos, de encaje, rojos, naranjas, morados, transparentes, con aro, prietos, de charol, de cuero, brillantes, sexys... o sea: maravillosos.
-          Bueno, hum, vale, de acuerdo...

Aunque algunos piensan que suelto lo primero que me viene a la cabeza, que soy impulsiva y no mido mis palabras, no es del todo cierto. Hasta esa supuesta impulsividad está calculada, y si fuera de otra forma, sería persona non grata en la mayoría de lugares, por no decir todos. Así que no le dije a M.C. que me parecía una hortera, una embaucadora, una charlatana y por descontado, una absoluta necia.

-          Bien Gemma, túmbate en el diván, por favor.

Lo hice sumisamente, segura de que el siguiente paso sería magrearme las tetas como si masajeara mi mente. Pero abrió un armario dónde había una caja fuerte, introdujo unos dígitos secretos y sacó unas  gafas entre de esquiador y de buceo, con lucecitas, botones y florituras varias. Me pidió que me las pusiera y me relajara. Y así lo hice, bueno, lo de ponérmelas, porque lo de relajarse es algo que no va conmigo a ninguna parte. Oí como se alejaba y toqueteaba lo que parecía un aparato de música, seguidamente empezó a sonar un piano, que imaginé era de un cd, no me dio por pensar que MC se había puesto a tocar un “solo” para mí. Inmediatamente las gafas empezaron a mostrar imágenes caleidoscópicas, estridentes, brillos letales, punzantes, psicodelia de los años 70, oscuridad, relámpagos, rayos láser, destellos destroza retinas, abismos. Así que me agarré al asiento, descuajeringué la mandíbula y tensé los músculos. Todo un placer, vamos.
Fue uno de los momentos más desagradables de mi vida, quince minutos de pánico y tendencias criminales, de desconcierto y terror.

He de reconocer que dio resultado, cuando salí a la calle me sentí aliviada, feliz y libre.

No regresé a la consulta de M.C. nunca más. Tampoco volví a escuchar un piano. Y me reafirmé en mi teoría de que los psicólogos te ponen parches en los agujeros del flotador, mientras el aire sigue buscando alguna otra salida.

Yo sigo llevándolos negros, de los de para dos tetas. Así me va, claro. Snif!

lunes, 3 de julio de 2017

Las ventajas de ser un Tyrannosaurus rex

El día que  conocí al Dr. Francis G. Weimberg en Köln, allá por el  85, y mucho antes de convertirse en mi psicoanalista, enemigo y lapa emocional, estuvo varias horas observándome desde el stand de enfrente al mío, donde yo ilustraba unos carteles de golosinas para la feria en cuestión.  A las pocas horas me invitó a degustar un codillo con verduras en una fábrica de cerveza y mientras yo fumaba y hablaba por los mismos (codillos) lamentándome de lo difícil y hostil que me resultaba ser tan desigual a los demás, él tomaba notas con un rotulador permanente en su pantorrilla. Días después, manteniendo en el interín su rutina de vigilarme durante mis entrevistas con la clientela e invitándome a degustar kieler sprotten, labskaus y bratkartoffeln hasta aborrecerlos, llegó el momento de la ansiada –por mi parte- despedida.

Se acercó a mi nariz, me susurró algo en un dialecto bávaro que no entendí y me dejó una nota en el bolsillo que olvidé leer hasta que me encontré a 10.000 metros de altura de su presencia:

-         Los beneficios de ser diferente, serán proporcionales al tiempo que transcurra hasta que se disfrute de ello"

Y dado que a día de hoy sigo sin llevarlo del todo bien, me vaticino un futuro -creyendo en sus afirmaciones- absolutamente cojonudo. 

sábado, 1 de julio de 2017

El traje de novio (vigésimo cuarta parte)

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Hace unos cuantos años, el primo de Ruffus y yo nos presentamos a un concurso juntos. Si hubiera sido de belleza nos habría ido bastante mejor, pero se trataba de un certamen literario de cuentos relativos a una sastrería de alto copete sita en Zaragoza. Planeamos que con la sustanciosa cantidad de dinero que el premio nos iba a proporcionar, nos pasaríamos un día entero saltando de un lado a otro la línea del círculo polar ártico.
Presentarnos juntos significaba que el relato lo debíamos escribir a pachas, así que tras muchos cafés, desvaríos y cenas justificativas, pactamos dividir el texto en seis capítulos de una determinada extensión y escribir tres cada uno. Pedí empezar yo. Siempre lo hago en todo, porque los principios son más alegres, esperanzadores y enérgicos, y de esa manera él se veía obligado a seguir mi pauta y apostar por mi –también siempre- brillante idea.
No hubo peros ni desencuentros literarios; las secciones se solapaban con lógica y agudeza y el traje de novio, tal como si lo estuvieran tejiendo a mano desde el primer hilo, iba tomando una forma elegante y estilosa.
A pesar de tanto empeño y –por qué no decirlo- seguridad absoluta en nosotros mismos y nuestro innato don, ni quedamos finalistas ni tengo constancia de que ningún miembro del jurado apostara por el cuento, lo cual me llevó en primer y raudo lugar a cancelar el vuelo a Reikiavik y en segundo a hundirme en un helado de cookies maldiciendo el cuarto capítulo en el que al primo de Ruffus se le había ido la castaña.
Así fue como El traje de novio quedó para vestir santos.
Tiempo después el primo regresó a su tierra lejana (para echarme de menos eternamente) y de cuando en vez  nos dio alternativamente por presentar el relato de nuevo a otros concursos, modificándolo según la extensión requerida y ajustándolo a las nuevas bases: Nos cargábamos un capítulo, agregábamos tres párrafos, doble espaciado, letra menor, un personaje cambiaba de sexo, comprimíamos al máximo o extendíamos tanto como pudiéramos. Y así, con el paso de los años, y aunque pueda parecer lo contrario, conseguimos sacar varias historias de una, darle vida perpetua a un traje que podría haber sido acribillado por las polillas y mantener viva una ilusión que nació en un café digno de un cuadro de Hopper, y no moriría entre hojas amarillentas mientras ambos así lo preserváramos.
¿Qué quiero decir con esto sin caer en la tan odiosa moraleja? Que al final, todo lo que nos importa, perdura gracias a la transformación, evolución, mejora y miramiento, y si lo das por asentado, estable, conforme y descuidado, acaba, inevitablemente, por morir.  

PD: “De cuando en vez” frase de la canción del inigualable y amoroso  Kevin Johansen “Desde que te perdí” 

viernes, 30 de junio de 2017

Las urnas de la ira

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Me pedía un amigo lejano en la caja de comentarios, que le contara cómo iba el tema de las urnas en Cataluña. Así  como el que pregunta por el tiempo que hace o dónde me voy de vacaciones. Imagino que estará buscando polemizar el blog, porque de querer básicamente información, podría leer la prensa nacional vía internet  y sacar sus propias conclusiones. Pero no, él lo que pide (entre líneas) es que me moje, que me empape, que acabe hundida en un charco dándole mi opinión sobre el inminente referéndum y sus secuaces. Igual es una cuestión de celos, o de envidia, y su estrategia consiste en que de un plumazo un alto número de visitantes (de un bando o del otro) dejen de leerme e incluso lleven a cabo una campaña de escrache bajo mi balcón. Porque esto funciona así, han conseguido que la población, o mejor dicho, el pueblo (que me gusta más esta definición) se divida abiertamente entre independentistas o no. Ya no es un tema de izquierdas o derechas, de liberal o conservador, ni siquiera de buenos y malos, da igual si eres simpático, tu procedencia, a qué te dedicas, que seas un trozo de pan, un cabrón, un saltimbanqui o astronauta. Lo único que importa es si vas a votar sí o no.
Verás, hay gente que no abre la boca ni cuando le pinchan, que no comenta ni que anuncies que te acaban de proponer para el premio Nobel, que te ven hecho polvo gritando auxilio virtual y te ignoran, pero como publiques la mínima expresión escrita sobre estar a favor o en contra, no se va del rectángulo de comentarios ni aunque se funda la luz.
Mira que hay cosas en este amplísimo mundo que ver, que saborear, que compartir; cosas que unan, que fusionen, que acerquen y colaboren a vivir en una sociedad diversa y abierta. Pues no. Hay que ser aburrido, cansino, coñazo, bélico, superior y supinamente bobo.
Me pedía mi amigo (sinuosamente, lo sé) que le contara cómo estaba el tema por estos lares, a más de 11.000 kms de su tierra, pues qué le voy a decir, que mal, que tan absurda y surrealistamente mal como en casi todos y cada uno de los rincones del planeta.

¿Alguna pregunta más? 

miércoles, 28 de junio de 2017

Willkommen! Bienvenue! Wellcome!

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Escribo desde que tengo uso de razón. Puede que ésta no se encuentre dentro de los parámetros de la normalidad, pero los que contamos con el don de la creatividad y la imaginación desbordante, podemos permitirnos el lujo de refugiarnos en ello para evitar el desgaste y la erosión emocional que toda vida conlleva.
Sería por el año 90 cuando empecé a publicar (o guardar en el cajón) textos, entrevistas, novelas y artículos, siempre compaginados con dibujos y pinturas, y poco después creé mi primer blog, en el cual tenían cabida las frases sesudas, las viñetas, las invenciones y sobre todo y por encima de todo, la risa. He tenido la suerte de contar con comentaristas de lujo, y con esto me refiero a seguidores fieles, simpáticos, amenos, divertidos y cachondos. Y eso, lo entiendan o no, a mí me da la vida. No me ha importado nunca escribir algo serio, profundo, y que en la caja de comentarios se líe la de Dios es Cristo. No daría ni un pelo de mi melena por una bandera, una nación, un capital o un ideal político, pero me jugaría el pellejo por la libertad de expresión y el gritar a los cuatro vientos lo que uno siente, desea, detesta o anhela.
Juego con la ventaja del que nace artista, y entre otras cosas consiste en que lo que piensen de ti, lo que opinen y  lo que juzguen, te importa un auténtico bledo. Si hay algo que me da una total seguridad y esa serenidad que –casi- todos anhelamos, es el escribir.
Con todo ello quiero decir que en este club, las puertas están abiertas para todo quisqui, con humor, con sarcasmo, con delicadeza, con pena, con inquina, con alevosía, con ternura o con amor.
Aunque solo sea por la bendita y a veces cara, libertad de expresión.

...I'm Cabaret, Au Cabaret, To Cabaret!