miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mi querido primo de Ruffus



Siempre he creído que hay lugares que lo buscan a uno. Que algún secreto mapa de humanos se llevan entre manos y disponen toda una serie de triquiñuelas y azares para que llegues a ellos como caído del cielo. Y hay veces en las que ese lugar, para conseguir que permanezcas y le dediques tus ratos, te adorna el escenario con otras personas, también buscadas en ese atlas, que de salir bien la jugada (no siempre aciertan con el dardo) componen el cuadro perfecto para ilustrar una historia de casualidades.

Y a mí me tocó de pleno en el 2002, justo en el penúltimo arco de la plaza de la Constitución, un domingo frío y soleado en el que llegaba con mis dibujos y la ilusión de mi parada en el mercadillo de pintores. El otro enviado por el mapamundi procedía de Mar de Plata, y ocupaba el último puesto en la fila; leía La Vanguardia sentado en una silla plegable y alzó la vista cuando le pregunté si el siguiente espacio era mi lugar. No necesitamos mucho más, las cartas ya estaban echadas, la complicidad en marcha, la magia en los adoquines y las coordenadas de la zona frotándose las manos.

Durante muchos años fuimos los mejores amigos. Buscábamos necrológicas en el periódico para conseguir apellidos curiosos que disfrazaran a nuestros personajes de ficción, compartíamos salas de exposiciones combinando nuestros tan distintos estilos, gastábamos las sillas de todas las cafeterías a las que les diera el calor y fuimos capaces de construir una amistad que ni el más soñador de los planisferios, hubiese imaginado.

Hace siete años que decidió, con su mujer, regresar a su espacio en la costa argentina, a exactamente 10.703 kilómetros del penúltimo arco. De repente no podría acudir a su ingenio para encontrar un final a un relato atascado, ni discutir el tono de mis rojos en la madera, ni oler su esencia de trementina, ni probar las empanas de humita de su esposa, ni descubrir un nuevo café con sillones de mimbre, ni sentirme completa las mañanas al sol.

Hace unos días volvieron por unas semanas, les recogí en la estación cercana al lugar donde nos conocimos y al abrazarle puede volver a tener la sensación de quince años atrás, imaginando que la pieza que faltaba volvía a su cavidad, que ni la distancia ni el tiempo pueden con los sentimientos, que el hechizo de los mapas traviesos perdura en esa otra dimensión que no se puede palpar, y que por mucho océano y calendario de por medio, su siguiente espacio siempre será mi lugar. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

...Y los sueños ¿sueños son?



Hace unos años Javier Cercas nos contaba de una conversación con un político amigo, en la que hablaban sobre lo que cada uno piensa antes de dormirse; esas pequeñas historias que te ayudan a conciliar el sueño, en las que te conviertes en héroe, amante, malabarista o villano. Él fantaseaba con encontrarse en una esquina con Borges, el cual le felicitaba por su último libro y entonces Cercas, se ponía a llorar como un niño. El candidato a la presidencia  soñaba en cambio  con ser el intermediario que pusiera fin al conflicto en Oriente Próximo.

Yo imagino el perderme por la Toscana con alguien que invente el mismo panorama, con una charla infinita con Rodrigo Fresan, con ver a mi hija convertida en la antropóloga de una reserva en Tanzania y con cientos de páginas en blanco que van escribiéndose solas a base de telequinesia.  
No hay que escatimar nada cuando se trata de soñar.

Es la única libertad real que nos podemos permitir sin pasar cuentas a nadie. Podemos transformarnos en lo que queramos, sin tapujos, ni resentimientos, ni culpas.

Sé  una nube que sobrevuela su alcoba, un asesino, un pacificador, una bailarina rusa. Recibe un premio, besa a aquel que jamás sabrá de tu existencia;  cámbiate de sexo, recibe una carta de amor, corre, llega a la cima, viaja, grita, llora.

No nos damos cuenta de lo maniatados que llegamos a estar, de las rejas que nos envuelven, de lo poco sinceros que somos con nosotros mismos, de las ganas de escapar que tenemos, de lo mucho que haríamos si pudiéramos. De lo tremendamente cobardes que llegamos a ser.
Y solo nos queda el soñar, permitirnos el lujo de saltar de vida, de cuerpo, de rostro, de olores, de paisaje.

Soñar con Borges en una esquina, con una bandera blanca en Ramala, soñar con la libertad de soñar, soñar contigo...


¿Con qué soñáis vosotros antes de dormir?

domingo, 10 de septiembre de 2017

Culpas generacionales


Hace unos años me sucedió algo espantoso, peligroso y muy significativo. Llevaba a mi hija al cole, cuando de pronto se giró hacia su izquierda, me miró con cara de guerrillero de Timor Oriental y me dijo:

-          ¡Estoy congelada, no sé porqué me obligas a llevar pantalones cortos!

Le podía haber dicho que era un renacuajo impertinente, que llevaba dos meses suplicando que la vistiera de verano porque tenía calor en el patio, porque se creía más importante con las rodillas cosidas a costras, porque odiaba los tejanos largos…

Pero no le hice ni caso y me puse a pensar. Porque la cosa es preocupante, que empiezan así y acaban echándote la culpa de sus paranoias y traumas en la madurez. A más de un psicópata de los que guardan a sus vecinos en el congelador, le he oído decir que todo es culpa de su madre, por llegar un día tarde a recogerle a clase de piano, por destripar el pescado en su presencia o por ponerse papel de plata en la cabeza tras el tinte. Y es que hagas lo que hagas, te lo reprocharán algún día o como mínimo secretamente -en sus consultas con el psicólogo- contarán que si padecen de fobia a los Apeninos es porque su madre les dejaba las piernas al descubierto en cuanto entraba la primavera, y el siguiente paciente, obsesivo compulsivo, achacará su trastorno a aquella progenitora desalmada que hasta el treinta de mayo no le sacaba los leotardos.

Por algún extraño motivo, probablemente porque indagar en la infancia es mucho más rentable y extensible que echarle huevos al presente, todo comportamiento inusual, todo desequilibrio emocional y todo lo que sea achacable a un tercero, será fruto de las acciones de tu madre, sin prestar atención a un pequeño detalle: Que de cuatro hijos, a los que has dado la misma educación, uno es feliz en Groenlandia, otro un famoso pintor, una florista en el pueblo y tú un despiadado matón.

De todas formas, en mi caso, si mi madre no me hubiera tirado tanto del pelo para hacerme la cola de caballo, no tendría yo este rictus facial y a mi hija le habría puesto unos pantalones de pana con la mejor de mis sonrisas.

Pues nada, solucionado, le dije a Pat que toda la culpa era de su abuela. Hala.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Me vais a echar de menos


Durante diez días no pienso hacer nada más que estar tumbada al sol y platicar con los pulpos (si no me los como) Leeré lo que pueda, conoceré lugares que hasta ahora no había visitado en edad adulta, me volveré a tumbar con los pies dirección África y buscaré al gato sobre los tejados del cabo hasta que me quede frita.  No desconectaré del todo, porque me aterra la idea de volver y no encontrarme con nada; os recuerdo que mi parte neurótica me hace estar alerta y en continua posición de salida, por si hay que correr hacia el norte en una urgencia dada.

Sobrellevar mi ausencia como buenamente podáis; será duro, pero breve y estoy convencida de que la aventura dará para algún que otro post. Prometo no aburrir con fotos,  ni describir los paisajes, ni apuntarme a excursión guiada alguna, eso sí, juro por Woody Allen que voy a tratar de pasármelo lo mejor posible.

Que no se mueva nadie, que vuelvo en seguida. Sed malos (que es más divertido)
Au revoir, men enfants! 

miércoles, 30 de agosto de 2017

¿Neurótica yo? Jajajaja. Snif.



Estaba leyendo el interesante libro de Otto Rank “El artista. Planteamientos de una sicología sexual” de 1907 y una frase contundente me ha traído hasta aquí:

“La condición previa indispensable para la personalidad creadora es, no sólo la aceptación, sino incluso la glorificación de sí mismo”

Es muy común partir de la base de que un artista creativo es un neurótico, y yo misma estaba convencida de ello hasta que hace un rato este sicoanalista vienés me ha hecho dudar (de momento no puedo decir que me haya convencido)
Según su teoría, el neurótico padece por no poder aceptarse a sí mismo, y ser incapaz también de aceptar su individualidad, y curiosamente –al menos a mí me ha sorprendido- califica al artista como la antítesis del individuo que adolece de neurosis.
Tal vez se refiere a que el que vive para el arte, sabe desde que tiene uso de razón, que su camino es individual y a menudo intransferible, aceptándolo como algo innato, positivo (se enorgullece de su don) e irremediable.
Aunque reconocerlo quede feo, la glorificación de uno mismo es algo que el artista lleva en la piel, sin ello probablemente sería imposible dar por finalizado un cuadro, un poema o una escultura.
Al neurótico le atribuye la condición de frustrado, lo que yo entiendo como un abandono de sus metas, mientras que el creativo no deja de reciclar sus ideas, dejando un margen muy limitado para la frustración, ya que la pesadumbre de una mala ejecución artística, es suplida en breve por un nuevo proyecto.
Otto Rank me ha alegrado el día, daré por hecho que si soy artista no puedo ser una neurótica.

Tenía mis serias dudas. 

viernes, 25 de agosto de 2017

¿Pueden encender la luz?

Decía el filósofo bávaro Francis G. Weimberg (amigo incondicional) en su ensayo sobre la tragedia humana titulado: “Te voy a comer la oreja”, que cualquier individuo es susceptible de perderse en un laberinto de tinieblas en un momento dado de su vida. Lo que no mencionaba era si ese sucedido se podía dar, o había más probabilidades de que se diera, en un asfixiante viernes de agosto y con las musas de vacaciones. El caso es que estoy buscando la linterna y no recuerdo dónde la puse la última vez, porque yo soy esa excepción que confirma la regla y que aumenta en cuatro ó siete las veces que uno puede perderse en el laberinto.
Weimberg lo soltaba de pasada sin ahondar en lo dramático, dando por sentado que igual que entras, sales, y que en un porcentaje muy alto de los casos el individuo en cuestión encuentra la salida altamente recompensado, es decir: reforzado. La perdida de uno mismo, de los valores y el camino a seguir, agudiza los sentidos y el instinto de supervivencia, y pone en alerta cierto mecanismo interno que te indica que hay algo que no estás haciendo correctamente.
En su segundo tratado sobre la voluntad de los perdidos titulado: “Al fondo a la izquierda”, el filósofo te da unas pautas a seguir según las veces que hayas metido el pie donde no debías. Y recuerda, a modo de consuelo, que perderse no es más que un reflejo de búsqueda, una manera de cuestionarse la existencia  y un claro paso hacia delante en el largo tramo –infinito tal vez- de la sabiduría.
En su epílogo del tercer tomo de “Memorias de un necio”, te recuerda que la linterna siempre la dejas en el mismo lugar, encallada en un cajón de la razón, el cual se abre por si solo cuando ya has recorrido dos tinieblas y una tormenta, habiendo mudado las escamas y dejando en la entrada todo cuanto te sobraba.

Estoy en pleno proceso de descamación, con el cuerpo sumergido en arenas movedizas y asomando las narices hacia la salida, que allá a lo lejos soy capaz de intuir.

PD: Francis G. Weimberg lleva meses recluido en Benidorm,  y prepara su próximo decálogo para hidratar las neuronas y no perderse tan a menudo, lo cual le resulta desconcertante. Llevará por título: “Cómprate una farola”. 



lunes, 21 de agosto de 2017

Medidas cautelares



Esta misma mañana, paseando por el ciberespacio en busca de alguna noticia que comentar  que huyera de los trágicos acontecimientos de estos días, me he encontrado con un titular que literalmente me ha dejado boquiabierta:

-          ¿Por qué no se debe usar acondicionador después de un ataque nuclear?

Realmente he agradecido la información, ya que como muchos de vosotros es una pregunta que me he formulado desde que tengo uso de razón y hasta la fecha nadie me había sabido responder. Como es lógico todos convivimos diariamente con la zozobra de salir a la calle una mañana cualquiera, y que sobre nuestras cabezas - ya venga de Corea del Norte, del rubiales oxigenado o de algún zumbado que pulse el botón rojo- nos caiga un misil de largo alcance con reacción nuclear en cadena sostenida. Aunque –y estaréis de acuerdo conmigo- lo grave no sería la detonación en sí, ni si pudiera quedar algún ser humano en pie o un cimiento permaneciera en alto, no, lo realmente dramático ocurriría cuando, en el supuesto de encontrar una ducha con agua caliente, tras lavar el cabello y enjuagarlo, deber o no utilizar crema suavizante. Un dilema, de verdad.

Según la revista, en la que tengo menos fe que en el euromillón, el consejo lo ha divulgado nada más y nada menos que el Departamento de Seguridad Nacional Norteamericano, probablemente (y aunque no se citan las fuentes) tras un exhaustivo estudio realizado por alguna de esas universidades (Michigan, Illinois, Massachusetts…)  que si lo publican, te lo crees a pies juntillas.

La explicación tiene su lógica: El producto acondicionador dificulta la retirada de material radioactivo que se adhiere a la piel, y mientras ves como familiares, amigos y demás transeúntes yacen destrozados por las avenidas, lo que prima y por lo que debes preocuparte y sobre todo, ocuparte, es por procurarte una bañera y un gel de Ph neutro.

Conocedores pues del hallazgo científico, por mi parte no voy a volver a salir de casa sin mi Pantene pro V, y por si las moscas (y las bombas) me dispongo a llevar a cabo una campaña de recogida y destrucción masiva de acondicionadores capilares, no vaya a ser que algún despistado, con los ojos cerrados, confunda el tocino con la velocidad.


Agradecería colaborasen en la misma y/o se raparan al cero. 

viernes, 18 de agosto de 2017

BCN

Podía haber nacido en cualquier lugar; siempre he achacado las llegadas al mundo a una mera casualidad geográfica, histórica y momentánea. Pero lo hice en Barcelona hace 50 años y allí he pasado la mayor parte de ese medio siglo. Ya que me tocó, he sabido disfrutar de ella con orgullo, sin sentirme ni más ni menos que nadie, porque insisto en la cuestión del azar, y soy consciente de que nada hice para ser barcelonesa, simplemente ocurrió, como podía haber sido en cualquiera de los millones de lugares de esta Tierra. Y ya que estaba,  mi manera de ser, de desenvolverme, de actuar, de moverme y de sentir, ha sido la propia de esta cultura y su sociedad. Me he pateado sus calles en metro, bus, moto y coche. Conozco los barrios, los bares, las playas, escuelas, parques, tiendas, semáforos, campos de fútbol y a muchísima de su gente. La defiendo por diversa, moderna, cosmopolita, abierta, bonita y multicultural. La quiero por todo lo que en ella he vivido, por lo que me ha permitido y por darme educación y libertad. Tengo recuerdos imborrables en cientos de sus rincones y amigos en todos y cada uno de sus distritos.

He sufrido y me he emocionado con cualquiera de los atentados perpretados en todo punto del planeta, con guerras, injusticias y atrocidades, sin valorar nacionalidades, ni banderas, ni razas, ni religiones.

Y hoy me van a permitir que llore con más rabia, o con más pena, o con más motivo o con más cercanía, porque me han dado en lo mío, en mis vivencias y mi asfalto, en mi historia y mi día a día, en mi gente y mi orgullosa ciudad.

Hoy más que nunca, Barcelona t'estimo!

viernes, 11 de agosto de 2017

Federico y un concejal de Marte



A principios de año, diría que fue en febrero, una compañía de teatro amateur cercana a Barcelona, se puso en contacto conmigo para diseñar el cartel del Día Mundial del Teatro, como había hecho al año anterior; en la misma llamada y hablando de todo un poco, me contaron que estaban representando una obra casi desconocida de García Lorca y la llevaban a todos los pueblos que podían. Se me ocurrió (qué cosas tengo) que en el pueblo donde habito desde hace 18 años y que dispone de un hermoso teatro en el inmenso centro cívico que levantaron hace una década, se podía presentar y acompañar de esa manera a las telarañas que se multiplican entre acto y acto. Así que nada más colgar y previa petición al director de la compañía de que me enviara por mail todo lo concerniente a la misma y a la obra (creí que sobre Federico no hacían falta referencias) le envié un whatsapp al regidor de cultura haciéndole partícipe de la idea y esperando una respuesta positiva (dado mi nato optimismo). Me pidió que le reenviara la información y en breve me contestaría.

Una semana después, sin haber obtenido sentencia alguna, le volví a escribir y prestamente me contestó que había estado muy liado y que no pasaba de esa noche que lo repasara.

Otra semana más tarde insistí y su respuesta fue tan concisa como falsa: “No tenemos más presupuesto este año para cultura, lo volvemos a hablar sobre diciembre” Mi primera reacción fue encender un cigarro y mantener la calma, pensar en su frase y situarme. A ver ¿un pueblo de dos mil habitantes, en el que los actos culturales así como la vegetación (esto es otro tema) brillan por su ausencia, un grupo de teatro amateur que no cobra un duro por representación y un concejal que tal vez en una ensoñación nocturna se cree vicealcalde de Barcelona, Nueva York o Pekín me va a soltar a mí que no tenemos presupuesto para encender los focos, como si estuviera hablando de Broadway? ¡Ni de coña! Así que vuelvo a la carga y le pregunto que de qué gastos me habla si en el correo le indico claramente que son amateurs y que no hay plata de por medio. - ¡Ah!- Me responde. Entonces deja que me lo vuelva a mirar (ese uno de los problemas de esta sociedad, mirar y no leer).

Siete días más y aparezco de nuevo en su pantalla de mensajes. Bueno –me avanza- verás –se justifica- es que ese tipo de autores, aquí no tienen salida; si traes a un mago que aparece en la tele o algún monologuista famoso, tira que te vas, pero a obras de ese estilo no va a ir nadie. Lo siento, no interesa.

"¿Ese tipo de autores? ¿García Lorca un “ese tipo de autor”? ¿Obras de ese estilo?" Las frases empezaron a dar vueltas en mi cabeza como si fuera a perder el equilibrio. ¿Un regidor de cultura que opina en esos términos de un escritor cuyas obras son representadas en medio mundo? Pero chaval ¿tú sabes de lo que me estás hablando?

Y no, claro, llegué a la conclusión de que no lo sabía, que desgraciadamente un representante municipal de cultura puede ser un analfabeto funcional, que si lo ha visto en la tele igual es válido, que así nos va, porque así votamos, que en el centro cívico desde entonces nos han deleitado con la función de final de curso de la escuela, el pregón de la fiesta mayor y un millar de arañas tejiendo un telón.

“El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida"
Federico García Lorca